Por Jimena de Gortari Ludlow
Hay años que terminan con un estruendo, otros con un murmullo. Éste termina con un cansancio que a veces se confunde con la prisa. Venimos arrastrando meses que quisimos resolver a empujones, como si saturar la agenda sirviera para nombrar lo vivido. Pero la velocidad nunca cuenta toda la historia: apenas la disfraza. Byung-Chul Han lo repite —aunque a veces preferimos no escucharlo—: una vida sin pausa pierde la capacidad de sentir. Y el ruido continuo, lo sé bien, desgasta más que el silencio.
Este año agradezco muchas cosas, pero no desde la euforia. Agradezco llegar a casa y saludar a mi hija y a mi perro, esa escena mínima que baja todas las alertas y reordena el día. Agradezco el contacto cotidiano con el estudiantado, sus preguntas, sus dudas, incluso sus silencios; ahí hay un tipo de energía que sostiene más de lo que admitimos. Agradezco la ilusión por los proyectos que espero iniciar, y todas las increíbles invitaciones que llegaron este año, casi como recordatorios de que todavía hay espacio para imaginar y construir. Y agradezco, también, el cuidar de quienes quiero, aunque no ha sido sin aprendizaje: cuidar cansa, pero también afina.
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