Por Jimena de Gortari Ludlow
En una nota de Manu Mitru publicada en El Periódico el 23 de septiembre sobre la creciente demanda de silencio, hoteles y casas rurales aparecen como refugios para quienes buscan escapar del ruido. También se mencionan empresas que convierten esa necesidad en una experiencia exclusiva: estancias, retiros y espacios diseñados para descansar del estruendo. La nota nombra algo que rebasa al turismo: cuando el silencio se vende como lujo, conviene preguntarnos por qué se ha vuelto tan difícil encontrarlo y quién puede pagarlo.
En la Ciudad de México, esa pregunta tiene una dimensión cotidiana. El ruido no se queda en una avenida ni se apaga al cerrar la ventana. Viaja con el tránsito, se mete en las viviendas, acompaña los trayectos en transporte público y atraviesa escuelas, hospitales y lugares de trabajo. El paisaje sonoro capitalino está hecho de capas: motores y frenadas, aviones, obras, altavoces, música de establecimientos, voces y pregones — no todo sonido es contaminación, ni toda ciudad habitable tiene que ser silenciosa. El problema aparece cuando la intensidad, duración o persistencia de ciertos sonidos afecta el descanso, la salud y la posibilidad de comunicarnos.