Por Julima Cardona
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Mientras analizaba lo que está pasando en la industria automotriz, me quedé pensando en algo que me parece profundamente contradictorio.

Tenemos una industria que se siente golpeada por los cambios económicos, por la incertidumbre, por la falta de inversión y por las nuevas condiciones del mercado. Puedo entenderlo. Cuando las cosas se complican, cualquier empresario comienza a revisar sus números, sus gastos y la manera de mantener su negocio a flote.

Pero ¿en qué momento decidimos que una de las primeras soluciones debía ser pagarle menos a la gente?

Porque eso es justamente lo que me preocupa.

Las empresas siguen buscando personas preparadas, con experiencia, estudios, capacidad de liderazgo, contactos, conocimientos especializados y, sobre todo, compromiso.

Quieren a alguien que llegue a resolver, que conozca la industria, que sepa tomar decisiones, que tenga iniciativa y que además se ponga la camiseta.

Hasta ahí, todo bien.

El problema es que quieren todo eso pagando lo menos posible.

Y entonces me pregunto: ¿de verdad creen que están ahorrando?

Pensemos en lo que sucede cuando una empresa contrata a alguien por debajo del valor de su experiencia y sus responsabilidades.

Esa persona llega, aprende los procesos, conoce al equipo, entiende la operación, comienza a generar relaciones y, después de varios meses, finalmente tiene todas las herramientas para dar mejores resultados.

Pero también tiene algo más: la necesidad de crecer.

Porque las personas tenemos aspiraciones. Tenemos familias, compromisos, sueños, cuentas que pagar y una vida que no se detiene mientras esperamos que una empresa reconozca nuestro trabajo.

Así que, cuando aparece una mejor oportunidad, aquel colaborador mal pagado, se va.

Y no necesariamente porque sea desleal, poco comprometido o porque no sepa lo que quiere.

Se va porque encontró en otro lugar lo que no pudo construir donde estaba.

Entonces la empresa vuelve a empezar.

Otra búsqueda, otras entrevistas, otra contratación, otra capacitación. Otra persona a la que hay que explicarle cómo funciona todo.

Y mientras eso sucede, se pierde tiempo, se interrumpen proyectos, se desgastan los equipos y se va también una parte del conocimiento que tanto trabajo costó construir.

A veces pienso que hay empresarios tan concentrados en cuánto van a pagarle a alguien, que se olvidan de calcular cuánto les cuesta que esa persona se vaya.

Y esa cuenta puede salir mucho más cara.

Pero hay algo todavía más preocupante.

Estamos convirtiendo puestos que deberían representar oportunidades de carrera en simples escalones para llegar a otro lugar.

Antes, entrar a una buena empresa significaba imaginar un futuro ahí. Aprender, crecer, asumir responsabilidades, construir relaciones y, con los años, ocupar mejores posiciones.

Hoy, cuando una organización no ofrece condiciones para desarrollarse, el trabajador comienza a buscar su siguiente oportunidad prácticamente desde que llega.

Y así es muy difícil construir equipos sólidos.

Lo curioso es que después escuchamos a empresarios preguntarse por qué la gente ya no dura, por qué no existe compromiso o por qué las nuevas generaciones cambian tanto de trabajo.

Pero yo les haría otra pregunta:

¿Qué están haciendo ustedes para que las personas quieran quedarse?

Porque el compromiso no se exige. Se construye.

Tampoco podemos pedirle a una persona que cuide una empresa como si fuera suya cuando ésta no demuestra interés por cuidar su desarrollo.

Entiendo perfectamente que no todos los negocios pueden pagar los salarios que quisieran. Hay momentos complicados, presupuestos limitados y decisiones difíciles.

Pero una cosa es no tener recursos y otra muy distinta es querer contratar a una persona altamente preparada, exigirle resultados extraordinarios y pagarle como si su experiencia no tuviera valor.

También hay que decirlo: pagar bien no garantiza que alguien se quede. Las personas necesitan respeto, liderazgo, oportunidades y un ambiente en el que puedan trabajar y crecer.

Y aquí entra otro problema que pocas veces discutimos.

Cuando una empresa pierde constantemente a sus mejores elementos, no solamente está perdiendo empleados. Está perdiendo continuidad, relaciones, experiencia y capacidad para ejecutar sus propias estrategias.

¿Cómo pretendemos fortalecer una industria si estamos debilitando a las personas que tienen que hacerla crecer?

Porque las industrias no toman decisiones solas.

Detrás de cada proyecto, cada inversión, cada negociación y cada resultado hay personas.

Y esas personas tienen un valor que no siempre aparece en una hoja de Excel.

Desde mi experiencia trabajando con empresas, líderes y organizaciones, he aprendido que muchas veces el problema que vemos no es el verdadero problema.

Una empresa puede pensar que tiene un problema de rotación, cuando en realidad es de liderazgo.

Puede creer que no tiene suficiente presupuesto, cuando quizá no ha definido sus prioridades.

Y puede estar convencida de que está ahorrando en salarios, cuando en realidad está gastando mucho más en reemplazar continuamente a quienes se van.

¿Y ahora también vamos a dejar que la inteligencia artificial decida quién tiene talento?, pero de eso hablaremos en la siguiente entrega.

*Psicóloga organizacional y estratega en relaciones, reputación y poder.

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@julimacardona

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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