Por Karla Carbajal*

Vivimos en una época que premia la velocidad. Todo debe decirse en pocos segundos, resumirse en una imagen y sobrevivir apenas unos instantes antes de desaparecer entre miles de publicaciones. En ese escenario, la poesía parece ocupar un lugar secundario: exige detenerse, escuchar y volver sobre una palabra hasta que revele algo que antes no estaba ahí.

Sin embargo, de vez en cuando la realidad nos recuerda que la poesía sigue teniendo la capacidad de convocarnos. El pasado 20 de junio, en Barcelona, más de 100 mil poemas fueron lanzados desde el cielo sobre los alrededores de la Catedral como una lluvia de letras y esperanza. Donde alguna vez cayeron bombas durante la Guerra Civil Española, esta vez cayeron versos. Durante unos minutos, la ciudad demostró que la cultura también puede ocupar el espacio público y convertirse en una forma de resistencia.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.