Por Laura Carrera
México está viviendo momentos profundamente preocupantes. La violencia, la corrupción, la penetración del crimen organizado en la vida pública y el deterioro de nuestras instituciones han ido dejando una huella que no siempre alcanzamos a reconocer: el miedo, el enojo, el cansancio y una profunda desilusión.
Hace tres años, miles de mexicanos salimos a las calles a gritar “¡El INE no se toca!” y hoy las investigaciones por presuntos actos de corrupción dentro del Instituto nos obligan a preguntarnos qué ocurrió con una de las instituciones en las que depositamos nuestra confianza. Las responsabilidades tendrán que investigarse y acreditarse, pero el daño a la confianza ciudadana ya es motivo de preocupación.
Y, mientras tanto, escucho cada vez con mayor frecuencia: “todos los políticos son iguales”, “ya estamos hartos”, “nada va a cambiar”, “¿para qué participamos?”. Me preocupan esas expresiones porque detrás de ellas hay algo más que desencanto. Hay emociones que están modificando nuestra manera de comportarnos como sociedad.
He dedicado muchos años a estudiar el comportamiento humano, particularmente las emociones y su relación con nuestras decisiones. Y hay algo que sabemos desde la neurociencia: el miedo es indispensable para sobrevivir, pero, cuando se vuelve persistente, puede reducir nuestra capacidad de pensar con claridad, ampliar nuestras opciones y actuar.
Nuestro cerebro cuenta con sistemas que detectan amenazas y preparan al organismo para responder. Podemos luchar, huir, inmovilizarnos o buscar protección. Son respuestas naturales. El problema aparece cuando vivimos durante años rodeados de incertidumbre, noticias violentas, amenazas y desconfianza.
Entonces comenzamos a modificar nuestras conductas. Dejamos de acudir a ciertos lugares, evitamos conversaciones, preferimos guardar silencio. Poco a poco, aquello que antes nos indignaba comienza a parecernos parte de la vida cotidiana. Y aquí aparece otro fenómeno que me preocupa enormemente: la normalización.
Los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad de adaptación. Pero ¿qué sucede cuando nos acostumbramos a la corrupción, a los asesinatos, a las desapariciones, a la extorsión o a que el crimen organizado intervenga en la vida de nuestras comunidades y en las elecciones?
No necesariamente dejamos de sentir indignación. A veces estamos tan agotados que preferimos voltear hacia otro lado.
Y una sociedad que deja de reaccionar ante aquello que considera inaceptable corre el riesgo de perder su capacidad de transformar la realidad. Sin embargo, hay otra emoción que merece nuestra atención: la indignación.
La indignación aparece cuando percibimos que se ha cometido una injusticia, que se ha vulnerado un derecho o que algo que consideramos valioso está siendo destruido, como está pasando hoy con el INE. Tiene una dimensión moral. Nos recuerda que hay límites que no deberían cruzarse.
Pero indignarse no basta. El enojo puede convertirse en agresividad, en desesperanza o en una sucesión interminable de quejas. Para que tenga consecuencias constructivas, necesita encontrarse con la reflexión, la organización y la acción.
¿Cómo lograrlo? Primero, necesitamos reconocer nuestro miedo. No negarlo ni avergonzarnos de sentirlo. Preguntarnos: ¿qué temo exactamente?, ¿qué riesgos son reales?, ¿qué necesitaría para actuar con mayor seguridad?
Porque no es lo mismo tener miedo ante una amenaza concreta que haber perdido la confianza en nuestra capacidad de cambiar algo. Y tampoco podemos pedirle a quien vive amenazado por la delincuencia que se exponga irresponsablemente.
Segundo, necesitamos recuperar nuestra atención. Cuando estamos permanentemente expuestos a noticias alarmantes, nuestro cerebro puede permanecer en estado de alerta. Conviene detenernos, respirar pausadamente, alejarnos por momentos de las pantallas y preguntarnos qué sabemos realmente de aquello que nos preocupa. Regular nuestras emociones no significa resignarnos. Significa recuperar claridad para decidir.
Tercero, necesitamos dejar de alimentar la impotencia: esa sensación de que, hagamos lo que hagamos, nada cambiará. Una manera de combatirla consiste en identificar pequeñas acciones que sí están a nuestro alcance: informarnos, conocer nuestros derechos, participar en una reunión vecinal, exigir información pública, apoyar una causa comunitaria o colaborar con organizaciones ciudadanas.
Cuarto, necesitamos reconstruir la confianza entre nosotros. El aislamiento alimenta la sensación de vulnerabilidad. Conversar, escuchar, reconocer preocupaciones compartidas y construir redes de apoyo puede ayudarnos a recuperar algo fundamental: la percepción de que no estamos solos.
Quinto, necesitamos recordar que la participación ciudadana no se limita a votar cada tres o seis años. También significa vigilar a las autoridades, exigir rendición de cuentas, conocer los mecanismos de observación electoral, participar en organizaciones sociales y ejercer nuestro derecho a manifestarnos pacíficamente.
Hoy vemos a trabajadores de la salud, transportistas y productores agrícolas expresar públicamente sus demandas. Sus causas son distintas, pero nos recuerdan que existen formas colectivas de hacer visibles los problemas y exigir respuestas.
Faltan poco más de siete meses para las elecciones de junio de 2027. Es tiempo de informarnos, conocer las reglas del proceso electoral, fortalecer nuestras organizaciones y participar de manera libre y responsable. No importa por quién hayamos votado anteriormente. Nuestros derechos ciudadanos no pertenecen a ningún partido.
No propongo que dejemos de sentir miedo. Eso sería desconocer nuestra naturaleza humana y, sobre todo, la realidad que viven millones de mexicanos. Propongo algo distinto: que el miedo no nos robe la capacidad de indignarnos, que la indignación no nos quite la claridad para pensar y que el cansancio no nos haga renunciar a participar.
Podemos estar decepcionados de nuestros gobernantes, pero no deberíamos estarlo de nuestra propia capacidad de actuar.
México necesita hoy más que nunca ciudadanos que piensen, cuestionen, dialoguen, se organicen y, cuando lo consideren necesario, salgan a las calles a manifestarse pacíficamente. No por nostalgia del pasado, sino por responsabilidad con el futuro. Porque bajar la guardia no resuelve nuestros problemas. Y porque ninguna democracia puede sostenerse solamente sobre sus instituciones si sus ciudadanos renuncian a participar.
Que el miedo nos haga prudentes, no indiferentes. Que la indignación nos haga conscientes, no violentos. Y que el futuro nos encuentre participando, no mirando hacia otro lado.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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