Por Laura Coronado Contreras

Un mito urbano sobre Einstein cuenta cómo un día, cansado de dar una serie de conferencias, le comenta a su chofer que ya no puede más. Este, muy solícito, le dice que, tras escucharlo tantas veces, él mismo puede dar la conferencia en el evento al que se dirigen, ya que comprende que es sumamente monótono para él. Efectivamente, nadie se da cuenta —se supone que aún el físico no era tan conocido— y tanto el conductor como el científico muestran sonrisas de satisfacción, hasta que alguien levanta la mano y quiere hacer una pregunta. En ese momento, el chofer palidece, pero atina a contestar que era una pregunta tan sencilla que hasta su chofer la puede responder, lo que hace el Premio Nobel de inmediato.

A pesar de no tener ningún fundamento de que ocurriera, esta anécdota —o cuento sobre un “impostor”— nos permite reflexionar sobre aquello que es parte de nuestro talento e inteligencia frente a otras manifestaciones de “erudición” que no son más que la automatización del conocimiento. Ni Einstein podía dejar de ser Einstein, ni el chofer podía interiorizar el conocimiento por más cercano que estuviera a su jefe o por simplemente escuchar innumerables veces la misma información. Como dice la célebre frase que alude a una de las instituciones educativas más antiguas: lo que no es parte de nosotros, la vida —o la ciencia o la tecnología o la instrucción— no nos lo puede dar.

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