Por Laura Coronado Contreras
Despechada, ardida, intensa, así de fácil, y de manera anecdótica, podríamos catalogar a una mujer que envió 1,847 limones a su expareja a través de plataformas de entrega a domicilio. Una noticia que nos puede arrancar una sonrisa e invitarnos a seguir viendo cientos de otros contenidos. Sin embargo, si nos detenemos un poco, o peor aún, si averiguamos más, nos percataremos de que el stalking digital se está volviendo cada vez más común. Este tipo de violencia, que consiste en vigilar, perseguir o comunicarse de manera insistente y repetitiva con alguien —sin su consentimiento— está alterando gravemente la vida cotidiana y la sensación de seguridad de muchas y muchos jóvenes.
Mandar un limón, aunque sea miles de veces, podría parecer inofensivo y ocioso, pero en realidad es la definición de manual de acecho. Estamos frente a una conducta obsesiva destinada a perturbar la paz de la víctima mediante la presencia constante. Es más que una simple molestia. Implica decirle al otro que sabes en dónde está, que puedes interrumpir su día a día e, incluso, gastar dinero, con tal de evitar el olvido o la indiferencia.
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