Por María Alatriste
Hay una línea que como humanidad hemos dejado de ver con claridad: entre el desacuerdo y la violencia, la crítica y el hostigamiento, la conversación pública y la invasión de lo íntimo. En los últimos años, las redes sociales han amplificado de manera extraordinaria las posibilidades de expresión. Han permitido que más voces se escuchen, que más historias encuentren espacio. Pero también han mostrado cuándo la violencia cruza la pantalla.
El problema no es la diferencia de opiniones; de hecho, es necesaria y sana en cualquier sociedad que aspire a ser plural. El problema es cuando el desacuerdo se transforma en una forma de violencia que demuestra que también es estructural; cuando la intención deja de ser dialogar y pasa a ser descalificar, intimidar, desgastar y perseguir.
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