Por Laura Coronado Contreras
Más allá de Coco o TikTok, ¿conoces una canción más emblemática para el Día de Muertos que La Llorona? Un son istmeño melancólico, versos populares nacidos en Oaxaca y que se extendieron por todo el país y, que, sin una letra fija, improvisan o adaptan estrofas sobre amor, la muerte y, especialmente, el dolor. Interpretaciones únicas como las de Chavela Vargas, Lila Downs, Natalia Lafourcade o incluso, Rafael, son reproducidas una y otra vez cada año. Sin embargo, y más allá de la estética, La Llorona es un lamento, que se ha perpetuado en la cultura de nuestro país desde hace siglos y que, tristemente, no podría estar más vigente: con corte a mayo de 2026, nuestro país, registra un total de 134,257 personas desaparecidas o, como señala el gobierno,“no localizadas”.
¿Puede existir un dolor mayor para una madre que perder a un hijo? Es un sufrimiento tan indescriptible que, incluso, el lenguaje se resiste a nombrarlo y por eso, la Real Academia de la Lengua Española reconoce el concepto de “huérfano de hijo”. Pero, así como la Inteligencia Artificial (IA) ha venido a revolucionar muchos ámbitos, en este, desafortunadamente, tampoco ha quedado fuera. ¿Podríamos decir que, ahora las madres buscadoras, tienen que sumar un riesgo más?
Añadido a la incertidumbre de no saber si algún día encontrarán a su hijo, hija, hermano, hermana, esposa o esposo, a la falta de recursos económicos y jurídicos, a la inactividad de instancias gubernamentales y a la apatía de algunos sectores de la población, la IA ahora, ha permitido una de las mayores crueldades inimaginables: ser víctimas de extorsión a través de imágenes o videos creados a partir de fichas de búsqueda y con las que se les dice que sus familiares están vivos.
Dos colectivos, Madres en Lucha por tu Regreso a Casa y ¿Dónde están?, han denunciado el modus operandi que, sin escrúpulos, emplea los datos y fotos que circulan en redes sociales para simular secuestros, en donde las víctimas aparecen hincados o amarrados y, por lo que es apremiante su liberación tras es “prueba de vida”, a través de pagos de entre 20 mil y 30 mil pesos.
Una manera sumamente dolorosa que apela a la esperanza de volver a ver al ser querido, una estrategia para que se actúe de manera inmediata y sin mucho tiempo para analizar o verificar y una nueva manera de profundizar una herida que no tiene nombre. ¿Para eso sirve la IA?
Ciertamente, el uso de las deepfakes como arma de violencia de género no es nuevo. En 2018, actrices como Scarlett Johansson denunciaron cómo su rostro era puesto en videos pornográficos. Esa forma de violencia digital nos alertó sobre la vulnerabilidad de niñas y mujeres, pero el caso de las madres buscadoras demuestra que esta tecnología ha cruzado la frontera más inhumana posible, convirtiéndose en la hidra de las mil cabezas que ahora lucra con la tragedia de otros.
En nuestro país, al igual que sucede en Estados Unidos, en países europeos, y otras regiones, las redes criminales han suplantado identidades para cometer fraudes financieros, han creado cientos de perfiles para manipular políticamente a los usuarios, se ha acosado y extorsionado al público en general o, en los casos más publicitados, se advierte que ahora se dedican a circular anuncios falsos de artículos o servicios que no existen, replican a creadores de contenido o personajes famosos con IA para ofrecer inversiones, imitan páginas de marcas, generan voces de familiares y, un larguísimo etcétera. Pero, efectivamente, nada como esto.
Sin embargo, la IA, al igual que cualquier otra tecnología, en principio no fue diseñada para eso. Hace relativamente poco, nos maravillaba la idea de contar con una herramienta para poder hacer retratos hablados mucho más fidedignos, poder cruzar información de manera mucho más eficiente entre fiscalías estatales e instancias federales, la UNAM presentó un proyecto sobre progresiones de edad faciales para las víctimas y ONGs presentaban campañas automatizadas para que las fichas de búsqueda pudieran mejorarse y ser más vistas y compartidas.
¿Podemos normalizar una forma más de vulneración? El Estado y las plataformas tecnológicas tienen la deuda urgente para frenar esta violencia digital. Justo en esta época del año en donde reconocemos el valor de tener un lugar en donde llorarles, agasajarlos con lo que más les gustaba en un altar, o simplemente, entonar sus canciones, debemos exigir que la tecnología deje de ser un arma de tortura psicológica, emocional y económica.
¿Y si usamos la IA para ayudarlas? ¿Por qué es tan fácil utilizarla malévolamente y no a la inversa?
Ay de mí, Llorona, Llorona, de ayer y de hoy.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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