Por Lillian Briseño
Fui mil veces al Azteca. Toda mi niñez y juventud acompañé a mi papá al estadio los sábados o domingos, para ver lo mismo Cruz Azul - Necaxa que América - Chivas que era todo un espectáculo.
También me tocaron muchos juegos de la selección. Y entonces, cantar el himno nacional era de verdad un fenómeno que hacía llorar. Los gritos de GOOOOL se dejaban sentir en el corazón y el estadio vibraba cuando el público se paraba al unísono para celebrarlo.
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