Por Lillian Briseño
La historia oficial dirá que todo empezó con un cura desesperado de madrugada, pero en un universo paralelo —ahora que está de moda aquello de los multiversos— la rebelión ya estaba organizada antes de que los hombres terminaran de abotonarse el uniforme. Y así, mientras los generales realistas y los conspiradores criollos se perdían en la burocracia de sus propias pelucas, las mujeres fueron quienes asumieron el control total.
Era una noche inusualmente fría en Valladolid, pero dentro de aquel salón el aire ardía con una urgencia que los hombres de la conspiración simplemente no podían manejar. Sobre la mesa de caoba había mapas, proclamas impresas y cartas cifradas destinadas a capitanes insurgentes que seguían discutiendo si el uniforme de la victoria debía llevar botones dorados o de plata. Mientras tanto, cuatro voluntades dirigían este movimiento. Cuatro mentes que entendieron que la libertad no se ganaría pidiendo permiso, sino asumiendo el control en tanto los caballeros se seguían poniendo de acuerdo.
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