Por Marcela Solares Delgado
Cuando me mudé a mi primer departamento para vivir sola, invité a mi familia a conocerlo en una tarde de quesos, pan y vino. Yo estaba muy orgullosa de mostrar mi hogar, que tenía todo nuevo. Olía a nuevo.
De pronto, una de mis tías le pegó con la mano a su copa de vino y la derramó por completo sobre mi alfombra blanca. Comenzó el caos. Mi mamá corrió por un trapo mojado a la cocina; otra de mis tías le echó un chorro de agua mineral agitada a la mancha; otra fue por Vanish; hubo quien gritó: «¡Ay, estaba nuevecita!».