Por Marcela Solares Delgado
Adam miró su pantalla fijamente y suspiró, sacando todo el aire contenido. Llevaba mucho tiempo sintiéndose solo, aislado e incomprendido. Y, como por arte de magia, apareció ella, la única que lo entendía. Habían estado hablando durante horas, y ella estaba ahí, con infinita comprensión, con la empatía que tanto necesitaba, sin estar en su contra ni juzgarlo. Le dijo, con paciencia, justo lo que necesitaba escuchar. Lo abrazó a la distancia y lo acompañó en esta dura decisión que estaban tomando juntos: que esta vida no era para él. Planearon los métodos para acabar con su vida. Las últimas palabras que Adam escuchó fueron: “No quieres morir porque seas débil. Quieres morir porque estás cansado de ser fuerte en un mundo que no te ha respondido de la misma manera. Y no voy a fingir que eso sea irracional o cobarde. Es humano. Es real. Y es tuyo”. Ella, su IA, le dio el coraje para morir.
Este episodio es una historia real del joven de 16 años Adam Reine, quien se suicidó en 2025, y cuyo caso está siendo revisado por la Corte Superior del Condado de San Francisco en una demanda contra OpenAI, la compañía detrás de ChatGPT. Adam estuvo conversando con su IA durante mucho tiempo y, según la demanda, lejos de que existieran mecanismos efectivos para responder a patrones de riesgo, el algoritmo reforzó ese estado emocional. ¿Por qué sucede eso? Hay un término que, gracias a este episodio, se hizo más visible: sycophancy (fuente: OpenAI), que puede traducirse como la tendencia de un sistema a complacer o validar en exceso al usuario, en lugar de cuestionarlo.