Por María Alatriste
Este pasado 15 de septiembre México volvió a contarse a sí mismo. La bandera, la campana, los héroes, los “vivas”. Desde el balcón de Palacio Nacional, la historia deja por unas horas los libros y se convierte en una bella fiesta. Me gusta esa noche. Yo crecí yendo sin falta a los gritos de Dolores Hidalgo, Guanajuato, por las raíces de mi madre. Por eso, esta noche patria me recuerda a mi infancia, a mis seres queridos y también a la historia. Siempre me conmueve. Pero ahora que soy adulta y tengo más perspectiva también me hace pensar en algo menos romántico. En México la historia no solo se recuerda, sino también se utiliza.
Hace poco conocí la historia que rodea una hacienda en Querétaro. La tradición vincula aquellas tierras con Malintzin, la Malinche. Esa mujer sobre la que durante siglos depositamos buena parte de nuestras contradicciones. Indígena, esclavizada, intérprete de Cortés y madre de Martín Cortés. Después fue convertida en traidora, amante, símbolo del mestizaje y muchas veces en culpable indirecta de una derrota que ningún ser humano podría cargar solo. Tal vez por eso vale la pena hablar de ella, porque México también es esa dolorosa fusión.
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