Por María Alatriste
La primera vez que desaparecí, nadie se dio cuenta.
Fue un martes cualquiera. Mientras preparaba el desayuno, noté que mi mano derecha se había vuelto transparente. Podía ver las migajas de pan a través de mis dedos y pensé que era el cansancio. Las madres solemos atribuirle al cansancio cosas bastante extraordinarias.
Al día siguiente desapareció parte de mi brazo. Una semana después, mi rostro comenzó a desdibujarse frente al espejo, lo más sorprendente es que nadie parecía notarlo.
SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...