Por Mariana Conde*
Durante las vacaciones el humor de los niños es festivo. No sé otros, pero para los míos fiesta es igual a comer basura.
En parte por cultura, en parte por neurobiología, lo cierto es que la chatarra nos cautiva a todos, y en especial a niños y adolescentes. Estos días, el oído gastronómico de mis hijos me ha recordado a mi perro Hush-Puppies, Bruno, que con sus largas orejas podía detectar desde el patio trasero el instante en que alguien abría una bolsa de papas en la cochera. Ni qué decir de la predilección infantil por cualquier cosa de colores no presentes en ningún grupo alimenticio de la madre Tierra.
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