Por Mariana Robles
En una región del mundo donde el viento tallaba las montañas habitaba una pequeña comunidad conocida como la Tribu del Silencio. No era que no hablaran; al contrario, hablaban mucho, pero siempre lo hacían permitiendo que su atención estuviera puesta en el entorno. Su supervivencia dependía de percibir señales mínimas: el crujido de las hojas, el olor del aire, la vibración del suelo que anunciaba el paso de animales grandes.
Las personas de la tribu tenían un rasgo en común: un oído extremadamente sensible, capaz de recibir e integrar cada pequeña señal. Más que un talento especial, era una adaptación acumulada a lo largo de cientos de generaciones que habían aprendido a vivir entre otros seres, tanto depredadores como presas.
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