Por Zuleika Castellanos*
La CDMX se alimenta todos los días gracias a miles de mujeres que trabajan en los mercados, los tianguis y las concentraciones. Sin embargo, muchas de nosotras no existimos en las estadísticas y, cuando no existimos en los datos, tampoco existimos en las políticas públicas.
“¡Pásele marchanta, pásele marchante! ¿Qué va a llevar, güerita? Pregunte sin compromiso… aquí sí tenemos, aquí sí hay”. Esas frases, parte del ruido cotidiano de la ciudad, fueron para mí algunas de las primeras caricias de la vida. Las escuché por primera vez a los cuatro años, cuando acompañaba a mi mamá, a mi papá y a unos tíos a vender al tianguis del Bordo de Xochiaca, en Nezahualcóyotl.
Años después, cuando tenía 17 años, mi padre se fue de casa y mi mamá se convirtió en comercianta en el espacio público para sostenernos. Vendía afuera de guarderías del IMSS lo que hiciera falta: desde etiquetas para marcar ropa hasta dulces. En esa época, yo llevaba dos mochilas al Colegio de Ciencias y Humanidades Azcapotzalco: una con mis útiles escolares y otra con dulces, cosméticos y accesorios para vender entre clase y clase. Fui comercianta ambulante.
Con los años me convertí en optometrista y hoy soy comercianta en un mercado público, donde vendo lentes, regalos, accesorios y piezas de bisutería artesanal que yo misma elaboro. Como miles de personas del comercio popular, aprendí que nuestro trabajo no solo sostiene a nuestras familias: sostiene la vida cotidiana de esta ciudad.
Este trabajo forma parte del Sistema de Producción, Abasto y Distribución Tradicional de la Ciudad de México, un entramado económico y social que conecta al campo mexicano con los centros de abasto tradicionales de la ciudad —mercados públicos, tianguis y concentraciones—, donde diariamente se sostiene una parte fundamental de la economía urbana.
Pero, además de abastecer alimentos, estos espacios cumplen otra función que rara vez se reconoce: son también una infraestructura social de cuidados. En ellos se construyen redes comunitarias, se sostiene la economía familiar y miles de mujeres combinamos el trabajo productivo con las tareas de cuidado. Aun así, siendo tan relevante, es un sistema profundamente invisibilizado. No existen métricas claras que nos digan cuántas mujeres trabajamos en los mercados públicos, las concentraciones o los tianguis.
Esa ausencia de datos no es un detalle técnico: tiene consecuencias políticas muy concretas. Una de ellas es que las personas del comercio popular no tenemos seguridad social, aunque miles de nosotras sostenemos simultáneamente el trabajo productivo y el trabajo de cuidados. Rara vez somos consideradas dentro de la conversación sobre el Sistema de Cuidados de la Ciudad de México. Si las mujeres comerciantas no aparecemos en los datos, tampoco aparecemos en las políticas públicas de cuidados.
Esta invisibilización explica por qué muchas comerciantas enfrentamos jornadas extensas, falta de servicios públicos adecuados y políticas que no reconocen nuestras condiciones laborales.
Frente a esta realidad fundé y hoy presido Milpa, Patria y Soberanía, una organización integrada por personas comerciantas de mercados públicos, concentraciones y comercio en el espacio público, que impulsa una agenda de incidencia para la defensa de los derechos humanos del comercio popular y el reconocimiento del Sistema de Producción, Abasto y Distribución Tradicional de la Ciudad de México.
Desde este espacio impulsamos alianzas con organizaciones sociales, académicas y del propio comercio popular para colocar estos temas en la discusión pública: desde el reconocimiento del comercio popular como parte fundamental del sistema económico urbano hasta la necesidad de políticas que integren a las mujeres comerciantas dentro del Sistema de Cuidados.
Milpa es, además, la única organización del comercio popular que cuenta con una Agenda Programática propia con perspectiva de género, diversidad, inclusión y accesibilidad universal. También es actualmente la única organización de mercados y concentraciones presidida por una mujer de la diversidad.
Hoy también formamos parte de la Coordinadora Nacional de Defensoras de Derechos Humanos Laborales, articulando la defensa de los derechos laborales del comercio popular con otras luchas de mujeres trabajadoras en el país. Una de nuestras apuestas más importantes es la construcción del Pacto de Sororidad del Comercio Popular, un espacio de acuerpamiento entre comerciantas que históricamente hemos sido invisibilizadas incluso dentro de nuestras propias estructuras.
Porque hablar de feminismo también implica mirar hacia los mercados. En los mercados trabajamos miles de mujeres que vendemos, producimos, organizamos, cuidamos y sostenemos economías familiares, mientras mantenemos viva la red cotidiana que alimenta a esta ciudad. Algunas marchamos en las calles; otras abrimos nuestro puesto al amanecer. Pero todas sostenemos la ciudad. Porque cuando una comercianta levanta su cortina cada mañana, no solo abre un puesto: sostiene una red de abasto, cuidados y comunidad que mantiene viva a esta ciudad.
Por eso lo decimos con claridad: el comercio popular sostiene la vida, siembra igualdad y cosecha soberanía.
*Zuleika Castellanos es activista, optometrista, comercianta, artesana, fundadora y presidenta de “Milpa, Patria y Soberanía”. Forma parte de la red Constituyentes desde 2024.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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