Por Marilú Acosta

A mi papá lo conocí cuando él apenas tenía 18 años. Me cuenta que salí del hospital en sus brazos. Ni él ni yo teníamos muy claro cómo se iba a desarrollar nuestra vida. Mi papá trabajaba con mi abuelo en el despacho y estudiaba lo mismo que él. Hubo una época de mi vida, por ahí de la primaria, en la que quise ser contadora como mi papá y tres de mis abuelos. Habrá quien diga, lo traes en la sangre, pero yo más bien creo que soy fiscalista de oídas: mi papá siempre me ha contado sobre su trabajo. Luego entendí que era aburridísimo estudiar contabilidad y me interesé más por ser rejoneadora.

Mi mamá tenía esta idea, un tanto fantasiosa, de que si la diferencia de edad entre mi papá y yo era tan corta era seguro que nos llevaríamos bien. Nada más que mi papá no dejó de ser un adolescente rebelde y yo nací disruptiva. Me contaba mi mamá que a mis tiernos 2-3 años, estaba comprobando la ley de la gravedad, así que tiraba —de manera sistemática desde mi sillita— una pluma. Mi papá, a sus jóvenes 20-21 años, se desesperó, tomó por la fuerza mi mano regordeta —la cual cerré con furia— y me obligó a recogerla, con la intención de que escarmentara sobre mis acciones de investigación científica y dejara de aventarla. Yo le dije: podrás obligar a mi cuerpo a recogerla, pero en mi mente mando yo. Este es un relato de mi mamá, la verdad es que no me acuerdo, pero me reconozco perfecto en esa escena.

SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.