Por Ingrid Motta
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Hay una lagartija que vive en los desiertos del suroeste de Estados Unidos, el Gila monster, cuya saliva contiene una hormona capaz de regular el azúcar en sangre con una eficiencia que el cuerpo humano promedio no puede replicar. La historia de John Eng es el clásico relato del científico subestimado que termina cambiando el mundo; el gran incomprendido de la medicina moderna. En los años 90, él la estudió, la aisló y le dio nombre: exendina-4. Nadie prestó mucha atención en ese momento. Décadas después, la versión sintética de esa molécula, la semaglutida, genera $42.1 mil millones de dólares anuales para Novo Nordisk. Su capitalización bursátil supera el PIB completo de Dinamarca, su país de origen. Si tienes diabetes, la conoces como Ozempic; si buscas entrar en una talla menor, la llamas Wegovy. Y hoy, Ozempic y Wegovy protagonizan la disputa comercial más lucrativa de la historia reciente contra su rival estadounidense, Eli Lilly (creadores de Mounjaro).

La medicina tiene una cronología que se repite con regularidad. En 1796, Edward Jenner demostró que exponer a una persona a la viruela bovina la protegía de la viruela humana. El mundo tardó más de un siglo en integrar esa idea en el sistema sanitario. En 1928, Alexander Fleming dejó olvidada una caja de Petri y descubrió la penicilina. En 1921, Frederick Banting aisló la insulina, convirtiendo lo que hasta ese momento era una sentencia de muerte en una condición manejable. En los años 90, los antirretrovirales cambiaron el rumbo del VIH.

Cada vez que la tecnología médica da un salto de esa magnitud, el patrón se repite. La molécula existe antes que el acceso. La ciencia llega primero, pero quién puede usarla, quién la paga y quién decide su precio siempre llega después, cuando ya es tarde para negociar en igualdad de condiciones. Con los agonistas del receptor GLP-1 (Ozempic, Wegovy, Mounjaro), el milagro médico hoy se enfrenta de golpe a la pura vanidad.

El GLP-1 empezó siendo un medicamento para la diabetes tipo 2, capaz de desplomar los niveles de azúcar en la sangre a un grado que la medicina no había visto. Revistas científicas de prestigio mundial validaron de inmediato que lograba lo que las pastillas tradicionales llevaban décadas intentando. Eso bastó para que estas moléculas coparan los titulares y las conversaciones. Sin embargo, la evidencia acumulada entre 2023 y 2026 sugiere que estamos ante una innovación que interviene en las causas metabólicas y neurológicas de las enfermedades que más matan y más cuestan a los sistemas de salud a nivel mundial:

Protección cardiovascular y renal: El ensayo SELECT (2023), realizado en pacientes con obesidad y sin diabetes, demostró que la semaglutida reduce en un 20% los eventos cardiovasculares graves como infartos y derrames. Asimismo, el ensayo FLOW mostró una reducción del 24% en la tasa de falla renal en pacientes con enfermedad renal crónica. Ambas indicaciones ya han sido avaladas por la FDA. 

Apnea del sueño: La tirzepatida recibió aprobación para la apnea obstructiva del sueño severa a finales de 2024, convirtiéndose en la primera terapia farmacológica en lograrlo sin la necesidad de un aparato CPAP.

Cerebro y adicciones: Estudios publicados en 2025 y 2026 encontraron señales robustas de que los GLP-1 amortiguan los circuitos cerebrales de recompensa dopaminérgica, el sistema que sustenta las adicciones. El consumo compulsivo de alcohol cayó un 41% en estudios preliminares y la asociación entre impulsividad y comportamiento violento fue un 62% menor entre usuarios. Hay investigaciones en curso sobre nicotina, opioides, cocaína y juego compulsivo, explorando cómo la molécula reconfigura circuitos relacionados con el deseo más allá del apetito. 

Lo demás es pura vanidad

El problema radica en que el relato del "medicamento milagro" omite sistemáticamente un dato crucial de los estudios clínicos: cuando una paciente deja de tomarlo, recupera el 60% del peso perdido en 52 semanas. La OMS subraya desde 2025 que esto requiere un manejo de por vida para tener efectos duraderos, no un ciclo de tres meses por capricho estético; sin embargo, casi nadie lo está comercializando así.

Aquí es donde la brecha se vuelve muy evidente. Una pluma precargada de semaglutida en México cuesta entre $4,274 y $5,789 pesos en 2026. A nivel público, el IMSS la incluye en su cuadro básico solo para pacientes con diabetes tipo 2 bajo criterios específicos, sin cobertura para la obesidad y con una disponibilidad irregular.

La consecuencia de este modelo de acceso, además de ser una brecha económica, es una fractura clínica y ética profunda. Mientras el mercado privado responde con agilidad a la demanda estética de los sectores de alto poder adquisitivo, el sistema de salud público avanza con lentitud burocrática. Esto deja en el desamparo a la población de los estratos socioeconómicos medios y bajos que padece comorbilidades graves y que, irónicamente, es quien más se beneficiaría de este medicamento para salvar su vida.

Con la penicilina, la insulina y los antirretrovirales, el patrón siempre fue el mismo: las patentes vencen, los genéricos llegan y el precio cae, pero la democratización ocurre de manera parcial, tarde y con el daño social ya hecho.

Este año, Novo Nordisk calcula perder hasta un 13% de sus ingresos porque sus patentes vencen en China, Brasil y Canadá. La ola de genéricos vendrá hacia México. Como contexto, en Estados Unidos el mercado ya se inundó de laboratorios clandestinos que imitan la molécula sin las condiciones sanitarias mínimas, provocando efectos adversos graves que destrozan la promesa del tratamiento. 

Para México, con nuestro viejo y conocido historial de "productos milagro" vendidos sin control, el desafío es que las autoridades impongan una regulación sanitaria estricta y un control clínico riguroso, o el mercado negro convertirá el remedio en algo peor que la enfermedad. 

La tecnología médica ha extendido la supervivencia humana de maneras inimaginables. El GLP-1 actúa en sistemas que van mucho más allá del tejido adiposo y la consistencia científica lo respalda. Pero si no transformamos las reglas del juego, el medicamento más importante de este siglo seguirá siendo, para la gran mayoría, el medicamento exclusivo de quienes pueden pagarlo.

Esto lo vi, lo leí, lo escuché y te lo cuento para que no te quedes fuera.


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