Por Martha Carrillo

En muchas ocasiones, de manera consciente o inconsciente, la vida te pone en una disyuntiva: brillar o encajar. Lo que puede llevarte a creer que el amor es una especie de moneda de cambio: te quiero si te portas bien, te acepto si no incomodas, te elijo si no me eclipsas y a convencerte de que es mejor ser correcta, adaptable, amable, a ser demasiado intensa, demasiado brillante, demasiado tú.

En mi caso, esa creencia la adquirí, sin darme cuenta, desde temprana edad. Fui una niña instalada en el deber ser, bien portada y que seguía las reglas, una alumna de diez, una verdadera nerd. Desde fuera, parecía el modelo perfecto. Sin embargo, el costo emocional era alto: aprendí desde muy pequeña que tanta perfección era difícil de sostener y que el destacarme no siempre era bien recibido. Brillar tenía un precio muy alto. El amor y el afecto, muchas veces, parecían disminuir cuando mi luz se hacía demasiado visible.

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