Por Mónica Hernández
Escucho a gente decir que detesta leer los clásicos, esos vejestorios aburridos y llenos de sabiduría transmitida a través de metáforas y otras figuras retóricas. Nos enseñaron mal en las clases de Lengua, que en mi época se llamaba Español. Si bien nos machacaron con el sujeto, verbo y predicado (que luego pasó a complemento), el objeto directo y el indirecto, no nos enseñaron el ingrediente principal de la lengua: el idioma, transmitido a través de la literatura. Y eso que en mi época (aunque ya sueno como mi abuela, que en paz descanse) nos hacían leer cosas como Platero y yo, El principito y, ya en la secundaria, a Rosario Castellanos y a Jorge Ibargüengoitia. Supongo que tuve suerte, porque esas pinceladas de lecturas me hicieron atragantarme con las clases de literatura en la prepa. Pero me desvío.
Hace poco releía, con algo de interés y mucha curiosidad, Las metamorfosis de Ovidio. Se trata de una compilación de anécdotas o mitos griegos que cualquiera pensaría que no tienen nada que ver con la actualidad, porque, claro, ocho siglos antes de Cristo, ¿qué iban a saber los griegos…? Pero tienen, y mucho. ¿Sabías que cuestiones como la violencia de género, las crisis de desplazados y refugiados y también el cambio climático están mencionadas ahí?
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