Por Mónica Hernández

Hace unos días leía una biografía de un par de mujeres fascinantes, periodistas ambas, entre otras ocupaciones, que practicaron un estilo de periodismo que se bautizó como “de inmersión”. Pensé que ahora no bautizamos lo que hacemos, pero encontré que, un siglo y muchos años después, no ha cambiado mucho la situación.

Marie Laparcerie (1878-1959) fue una periodista, novelista y actriz francesa, pionera en desafiar el patriarcado en la labor de crónicas e investigación. Osada como muy pocas mujeres en su día (tal vez por esa faceta dramática), decidió que debía convertirse en la protagonista de las historias que relataba a partir de lo que observaba. Y a inicios del siglo XX tenía mucho para observar a su alrededor. Así, Marie fue corista de ópera, empleada de una fábrica o de varias, dependienta y cochera (de coches de caballos y los primeros motorizados) y pudo denunciar, de primera mano, el lado oculto de la desigualdad de trato, de salario y la corrupción que la rodeaba. Tuvo que firmar sus documentos como Marie Gex porque recibió muchas amenazas y, además, tenía una hermana famosa (tanto, que fue condecorada con la medalla de la Legión de Honor de Francia).

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