Por Nayra Rivera*

Cuando nací, ocho hombres me precedían en la línea generacional, pero siempre me sentí muy afortunada de ser la primera nieta de la nonna, mi abuela materna. Atribuí nuestra conexión a esa llana coincidencia, pero, tras su muerte, he encontrado en la biología, la literatura y el cine, guiños que me obligan a creer que este lazo no es un hecho aleatorio.  

Si algo es cierto es que, al no tener la presión de mi crianza directa ni expectativas frívolas sobre mí, ella pudo ser un refugio incondicional dotado de gestos que en mi niñez sabían a enfrijoladas con mucho queso y mesadas generosas que yo ganaba siendo su asistente en la cocina.

Sentir un cobijo materno de alguien que, además de tener una risa contagiosa, era muy querida por todas las personas que la rodeaban, era un símbolo de orgullo para mí. Pensaba que ella era genial teniendo tantas amigas con quienes ir a tomar café y usando labial un lunes cualquiera. 

Ella murió hace quince años, un duelo que superé escribiéndole cartas por casi una década. El eco de estar unidas de forma especial regresó a mi cabeza hace unos días cuando leí La Casa de los Espíritus de Isabel Allende, previo a ver la serie estrenada recientemente.

Inmersa en la novela, comprendí que Alba Trueba—la nieta— logra resignificar su propia historia a través de los cuadernos de vida de Clara, su abuela clarividente, quien registró cada detalle de su existencia en libretas pequeñas para salvar los recuerdos del olvido. 

Alba vivió una época convulsa, en un Chile que se sumergía en una dictadura cuyos tentáculos le mutilaron los dedos, entre otras atrocidades. Después de la tortura, encontró en los textos de su abuela la fortaleza y motivación para seguir adelante, pero también los vestigios kármicos que desencadenaron lo que vivió.

Dejando a un lado la opulencia, Clara encarnaba algunas de las características más sólidas de las madres y abuelas latinoamericanas. Tenía un esposo conservador que, al saberse sin control sobre ella, la maltrató. Cuidaba de los demás con ahínco. Cobijó y alimentó a extraños en su casa. Amaba con fervor y sin juzgar

Sin juicio ni expectativa, así se sentía ser amada por mi nonna, la chef principal de una cocina aromática como la de la abuela Moorhead, antecesora materna de Leonora Carrington que inspiró la pintura del mismo nombre en 1975, un homenaje hecho a la mujer que influyó en su obra a través de los mitos y leyendas celtas

En el lienzo, Carrington reivindicaba un espacio de trabajo arduo y pocas veces reconocido en uno de misterio donde ocurre la alquimia culinaria que da sabor al día a día. Me gusta pensar que mi nonna era la gansa blanca que orquestaba todo y yo uno de sus asistentes, trayendo los ingredientes faltantes y dando el visto bueno al guiso.

Por otro lado, en un terreno más biológico que artístico, existe un término que me gusta romantizar llamado ovogénesis, que, en palabras simples, explica que, cuando una mujer lleva en el vientre a otra, el embrión desarrolla los oogonios, las células que durante su adolescencia se convertirán en óvulos maduros. 

Como soy latinoamericana, el realismo mágico forma parte de mi interpretación del mundo y decido creer que mi nonna, mi mamá y yo fuimos una misma. También me gusta pensar desde la epigenética que el contexto en el que vivió mi abuela materna, el estrés y sus vivencias, dejaron marcas químicas sobre el ADN que después me dio forma y fondo, al transferirme algunas de esas luchas que aún tengo que librar, pero otorgándome la fortaleza y claridad con la que superó algunas otras. 

Aunque seguro me asustaría, me gustaría que ese acompañamiento que sentí de niña, cuando la nonna me ayudaba a gestionar mis tareas de persona pequeña independiente (como lavar y planchar mi ropa), trascendiera la tumba al estilo de Volver (2006), cinta de Pedro Almodóvar, en el que el fantasma de la abuela protege en secreto a su nieta para sanar los ciclos de violencia familiar. 

Descubrir todas estas referencias me hace creer que, aunque mi nonna haya muerto, su historia no terminó y que su presencia vibra secretamente en mis decisiones diarias: desde seguir sus recetas al pie de la letra en la cocina hasta tomar un camino distinto al suyo si lo considero oportuno, pero el ancla está allí. Su cumpleaños 81 habría sido este 22 de julio.

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