Por Nayra Rivera*
Cuando nací, ocho hombres me precedían en la línea generacional, pero siempre me sentí muy afortunada de ser la primera nieta de la nonna, mi abuela materna. Atribuí nuestra conexión a esa llana coincidencia, pero, tras su muerte, he encontrado en la biología, la literatura y el cine, guiños que me obligan a creer que este lazo no es un hecho aleatorio.
Si algo es cierto es que, al no tener la presión de mi crianza directa ni expectativas frívolas sobre mí, ella pudo ser un refugio incondicional dotado de gestos que en mi niñez sabían a enfrijoladas con mucho queso y mesadas generosas que yo ganaba siendo su asistente en la cocina.