Por Pamela Cerdeira

Escribo cuando estoy feliz, escribo cuando estoy triste. Le escribo a mis hijos, a mi esposo y hasta a mi yo del futuro, pero nunca antes le había escrito a él. Es una tarea difícil. Es un jaloneo entre saber que este ejercicio es una carta y tratar de hablarle a quienes me leen. Pero aquí, solo hay un destinatario, él. O dos, él y yo.

Papá,

Estabas en el campo, eras un niño, te cortaste con una hoz y cuando quisiste llorar te diste cuenta de que no había nadie cerca que te fuera a escuchar, así que decidiste no llorar. Mis recuerdos de una infancia triste son los tuyos. Me contaste de aquel perro que les hizo mucha ilusión, pero tenían que vacunarlo, y no había dinero para las vacunas; podrían no haberlo vacunado, pero no había dinero para pagar la multa; tenían que matarlo, pero tampoco había dinero para la bala.

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