Por Pamela Cerdeira
Una guapa y sofisticada señora que ha comido en los mejores restaurantes y conoce por su primer nombre a las y los chefs más famosos, tiene una costumbre que repite como mantra. A la mesa llega el pan humeante, salido del horno. Lo toma, lo examina y lo parte con elegancia. «La calidad de un restaurante se conoce por su pan; si el pan es bueno, la comida será excelente», sentencia.
Martha tiene una relación apasionada con la comida. Es chef de tiempo completo y adivina ocasional. ¿Qué hace una chef cuando conoce a una niña a la que se le enchina la piel al más leve contacto con la harina? La segunda cosa que mejor sabe hacer: contarle una historia. Así que la chef le toma la mano cual gitana y le revela un secreto: «Tú fuiste panadera en otra vida, por eso te pasa eso». La lleva hasta las calles de París, a una cocina donde el aire se confunde con la harina y todo huele a levadura. «Hacías los panes más suculentos». La niña la mira como quien vacila entre dudar y creer, y se deja seducir por la idea de que quizá sí tuvo otra vida.
Berna sí tuvo varias vidas. En la primera fue un niño migrante; en la segunda, panadero; en la tercera, mueblero. «Yo trabajé en una panadería», decía siempre, y seguía con el chiste: el colmo de un panadero es tener una hija que se llame Concha. Primero lo contaba y luego lo explicaba. Se reía las dos veces.
Francisco tomó una nueva responsabilidad en su trabajo: vender pan. En cuestión de semanas, su vocabulario creció como el apetito de cualquiera frente a un mostrador: masa madre, mantequilla francesa, levadura.
¿Hay pan? ¡Qué rico pan! ¿De dónde es? ¿Me trae más pan? No hay comida que no empiece con esa conversación.
Y aquí estoy una tarde de domingo, mirando el horno como quien espera una señal. Dejo que su olor abrace cada rincón de la casa. El pan de aceituna se come primero por la nariz. Lo pongo en una tabla de madera y lo llevo a la mesa. Su llegada provoca un silencio y atrapa miradas. Espero el visto bueno de mi suegra, que con el primer bocado ya habrá decidido cómo estará el resto de la comida. Lo toco con los nudillos, como si fuera una puerta. Se oye hueco, eso es que está bien. El pan habla, cruje cuando lo partes; cuanto más tenga que decir, mejor estará. Sofía me observa como quien ve a otro arañar un pizarrón, muere por probarlo, pero no quiere que se le enchine la piel. Su cabeza se va a una panadería imaginaria de París mientras mi esposo nos cuenta lo que sabe de la masa madre. ¿Saben cuál es el colmo de un panadero?, les pregunto. Me abstengo, a diferencia de mi abuelo, de explicar el chiste.
El pan de aceituna es mucho más fácil de hacer de lo que creen; no los saco del error. Mi abuelo me heredó una receta; yo les dejaré un ritual.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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