Por Patricia Conde Juaristi
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Anoche tuve un sueño. Sé que para impedir que se convierta en realidad, debo contarlo antes de las 12. Intenté relatárselo a mi espejo, pero él no hacía más que imitar mis gestos. Estaba sola y el recuerdo del sueño ocupaba mi mente por completo. Pensé que si lo escribía sería lo mismo que exorcizarlo.

La escena se repetía una y otra vez. Era una calle iluminada por algunos faroles; supuse que era de noche. Yo caminaba despacio por esa calle desconocida, construida en el sueño para sentir la soledad de las fantasías y escuchar los gritos imposibles de las pesadillas. Me amenazaba una soledad acompañada de una soledad mayor. Era una certeza, no de la muerte, que eso es poca cosa, sino de un riesgo mayor. Era el riesgo del pantano.

La oscuridad de la calle era interminable. A ambos lados estaban las casas cerradas. Solo una tímida luz iluminaba sus fachadas. La hiedra cubría sus paredes y, al andar, las hojas producían un ruido parecido a la huida de un animal.

El miedo hacía temblar mis labios. La dureza del asfalto llegaba a mis rodillas y las calles no me conducían a ninguna parte. De pronto, una puerta se abrió. Me asomé. Vi, de lejos, a un hombre y una mujer. Discutían. Dominaba la voz masculina. Las palabras de la mujer se convertían en agua. Una zozobra me urgió a dar la espalda y alejarme. Caminé un poco y me senté en un pequeño escalón. El asfalto seguía subiendo por mis piernas.

De toda aquella espesura apareció una niña vestida con mi uniforme escolar. Lloraba mi llanto. Mis cabellos perfectamente peinados me provocaban una picazón en la nuca. Ahí estaba, incómoda, con mi uniforme azul, mi cuello de plástico blanco y rojo, el gran moño. Tenía las manos juntas y la cabeza metida entre ellas. Sollozaba sin temor, como cuando se tiene la certeza de no ser escuchada.

Yo quería abrazarla. Sé que ella quería que le leyera un cuento. Pero mis manos estaban vacías y sucias y tenían un hedor amargo. Mientras miraba mis palmas, noté que las líneas habían desaparecido. Me quedé, para siempre, con el deseo de escuchar el cuento. Me llené de tristeza y regué las piedras con las lágrimas que habían quedado suspendidas en el aire. No me quedaba más que cumplir el destino que me trazaba el sueño. La calle se ensanchaba frente a mí mientras caminaba. Cuando miré hacia atrás, un fuego enorme me impidió regresar. Frente a mí se perpetuaba la oscuridad. No amanecería nunca.

Hasta el fondo de esa oscuridad, vislumbré una casa grande, llena de rosas blancas. Hacia allí me dirigí apresuradamente. Me acerqué a olerlas. Su aroma entró en mi nariz y siguió por la garganta. Se me resecó la lengua y me tragué las espinas. Supe que no era mi casa; era una casa inventada para que todo se cumpliera. Metí una llave en el cerrojo y abrí sin dificultad. Nadie me esperaba. La soledad de la calle se prolongaba en el interior de las habitaciones. Las luces del pasillo estaban encendidas. Grité los nombres de aquellos que habían poblado mi existencia. No hubo respuesta. Fui apagando las luces para permitir que entrara el brillo de la luna por las ventanas.

Me dirigí hacia un cuarto. Desvestí mi cuerpo. Noté algunas cicatrices en mi costado. El ombligo primordial colgaba fresco, pero mis pechos nunca amamantaron a nadie. Toqué la cama. Estaba fría. Me acosté. La angustia me impedía cerrar los ojos. Miré el reloj. Eran las 12:10. Me venció el cansancio, no supe cuándo me quedé dormida y comencé a soñar.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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