Por Sandra Romandía
Hay instituciones que, cuando enfrentan una crisis, optan por la transparencia; otras, en cambio, prefieren la alquimia retórica: convertir incendios en “incidentes menores” y derrames en “fenómenos naturales”. Pemex ha decidido ensayar lo segundo. Y lo hace con una torpeza que no solo recuerda a Infodemia, sino que la replica con una fidelidad inquietante: negar, minimizar y resistir hasta que la realidad —esa periodista incorruptible— termina por exhibirlos.
El 16 de abril, mientras una columna de humo se levantaba como una acusación visible desde kilómetros en la Refinería Miguel Hidalgo, en Tula, la empresa respondió con una frase que parece escrita en el manual de la negación institucional: “Falso que hubo incendio… incidente menor con presencia de humo”. No hubo incendio, dijeron, mientras los videos circulaban por decenas, mientras los vecinos documentaban el estruendo, mientras la imagen —ese archivo sin ideología— desmontaba la versión oficial en tiempo real. La escena no era ambigua: una planta hidrodesulfuradora con emisión visible, protocolos de emergencia activados y reportes ciudadanos simultáneos. Aun así, la narrativa oficial eligió contradecir lo evidente.
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