Por Yessica de Lamadrid
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Por qué algunos movimientos crecen mientras otros partidos siguen hablando solos.

Existe una pregunta que los partidos políticos tradicionales se niegan a responder.

¿Por qué algunos movimientos políticos logran movilizar millones de personas con mensajes aparentemente simples, mientras otros disponen de recursos, estructuras, gobiernos locales, legisladores, dirigentes y espacios en medios de comunicación, pero son incapaces de construir entusiasmo ciudadano?

La respuesta no está en la ideología, tampoco está en la capacidad técnica de gobernar, y mucho menos en la calidad individual de sus candidatos. La respuesta está en algo mucho más antiguo. Está en la identidad.

Los seres humanos no se movilizan principalmente por argumentos. Se movilizan por pertenencia.

La política moderna suele olvidar una verdad elemental que los griegos comprendieron hace más de dos mil años: las sociedades se organizan alrededor de relatos compartidos.

Aristóteles entendía que la política era una actividad profundamente emocional porque involucraba a la comunidad.

Los romanos construyeron el concepto de imperio alrededor de símbolos, rituales y una narrativa permanente de grandeza colectiva.

Isabel I de Inglaterra consolidó su legitimidad y un imperio, transformando la defensa del reino en una causa común.

Robespierre comprendió que una revolución necesitaba símbolos, ceremonias y una identidad colectiva capaz de sobrevivir a los acontecimientos.

Incluso los grandes propagandistas del siglo XX (con propósitos profundamente distintos entre sí y en ocasiones moralmente opuestos) entendieron la misma mecánica. La repetición sistemática termina convirtiendo una idea en una realidad social compartida.

La tecnología cambia. La naturaleza humana no.

La fórmula más antigua del poder

A lo largo de la historia, quienes han logrado construir mayorías duraderas suelen compartir cuatro características.

Primera, escuchan permanentemente. No escuchan solamente durante las campañas, escuchan todos los días. Escuchan mediante estructuras territoriales, organizaciones sociales, líderes comunitarios, estudios de opinión, redes digitales o contacto directo.

Segunda, repiten permanentemente. No cambian de mensaje cada semana. No sustituyen una narrativa por otra en función de la coyuntura. Repiten, repiten, y vuelven a repetir.

Tercera, construyen identidad colectiva. No le hablan a individuos aislados. Le hablan a una comunidad que comparte símbolos, lenguaje, aspiraciones y emociones.

Cuarta, generan evidencia. La palabra política solamente funciona cuando puede conectarse con hechos observables.

Una promesa repetida sin resultados termina convirtiéndose en propaganda. Un resultado sin narrativa termina siendo invisible. La combinación de ambos produce legitimidad.

Morena y la disciplina narrativa

Desde su nacimiento como movimiento político, Morena ha comprendido algo que gran parte de su oposición todavía no termina de asimilar.

La comunicación no es una actividad complementaria. Es una función permanente del gobierno. Cada programa social, cada gira, cada obra, cada posicionamiento, cada acto público, cada funcionario, cada legislador, cada dirigente, forma parte de una misma conversación nacional.

Esto no significa ausencia de diferencias internas, significa existencia de una narrativa central.

La defensa de los sectores populares. La continuidad de la transformación. La soberanía nacional. La cercanía con el pueblo. El combate a privilegios históricos. Se puede coincidir o no con esos postulados. Pero resulta difícil negar que existe consistencia, y la consistencia es una de las formas más poderosas de comunicación política.

Mientras tanto, gran parte de la oposición en México parece haber optado por un camino distinto. Cada gobernador comunica una cosa, cada alcalde comunica otra, cada dirigente nacional plantea prioridades diferentes, cada figura pública intenta construir una marca personal independiente.

El resultado es una fragmentación narrativa permanente. Muchos liderazgos. Pocas identidades compartidas.

Cuando los partidos dejan de escuchar

Sin embargo, la verdadera diferencia no está solamente en la comunicación. Está en la escucha.

La mayoría de las organizaciones políticas aseguran escuchar a la ciudadanía, pero escuchar no significa realizar encuestas ocasionales. Escuchar significa permitir que las preocupaciones ciudadanas modifiquen las decisiones políticas.

Cuando una organización deja de escuchar durante demasiado tiempo ocurre algo peligroso. No aparece el enojo; aparece algo peor: la indiferencia.

El ciudadano deja de discutir, deja de confrontar, deja de esperar. Simplemente abandona emocionalmente a esa organización política. Y cuando eso ocurre, la recuperación suele ser extremadamente difícil. Porque la confianza perdida no se recupera con publicidad; se recupera con cercanía.

Tres actos. Tres modelos de comunicación política

1. La soberanía como identidad colectiva

En el primer ejemplo observamos un acto construido alrededor de símbolos nacionales. Banderas mexicanas, referencias a la patria, defensa de la soberanía, invocación al movimiento, y el cierre con el Himno Nacional.

Desde una perspectiva comunicacional, el mensaje es claro. La organización política intenta fusionarse con la identidad nacional. No se presenta únicamente como partido. Se presenta como vehículo de defensa del país. La narrativa no habla solamente de gobierno, habla de pertenencia.

La emoción predominante es el orgullo, y el orgullo es una de las emociones políticas más movilizadoras que existen.

2. La defensa institucional sin épica colectiva

En contraste, el segundo ejemplo presenta características distintas.

El protagonismo recae en figuras políticas reconocidas. Los símbolos partidistas sustituyen a los símbolos nacionales. La narrativa gira alrededor del respaldo institucional. El acto comunica apoyo, pero comunica poco propósito colectivo. La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

Porque las personas rara vez entregan su lealtad a una estructura; la entregan a una causa.

Cuando predominan los símbolos partidistas sobre los símbolos colectivos, el mensaje es claro: solo se están dirigiendo a los ya convencidos. El resto de la población no les interesa.

3. La oposición definida por el adversario

El tercer ejemplo es probablemente el más interesante. La frase central es sencilla: “Sí se le puede ganar a Morena”. La intención estratégica resulta evidente, transmitir viabilidad electoral, romper la percepción de inevitabilidad, generar esperanza competitiva.

Sin embargo, existe un riesgo histórico. Cuando una fuerza política define su identidad a partir de aquello que combate, termina fortaleciendo simbólicamente al adversario.

El sujeto principal de la oración sigue siendo Morena. No la propuesta alternativa, no el proyecto futuro, ni la identidad propia. El adversario.

Y cuando una organización política dedica demasiado tiempo a explicar por qué otros son el problema, suele olvidar explicar por qué ella misma representa una solución.

La batalla que realmente se está librando

La política contemporánea ya no enfrenta únicamente una disputa ideológica, enfrenta una disputa emocional.

Los partidos creen que compiten por votos; en realidad compiten por significado.

Las organizaciones que logran convencer a millones de personas de que forman parte de algo más grande que ellas mismas adquieren una ventaja enorme, porque dejan de depender exclusivamente de campañas y comienzan a depender de identidad. Y las identidades son mucho más resistentes que las preferencias electorales.

Por eso algunos movimientos sobreviven a errores, crisis y derrotas. Porque sus simpatizantes no sienten que apoyan solamente a un partido, sienten que defienden una causa.

La gran pregunta para la oposición mexicana no es cómo derrotar a Morena. La gran pregunta es mucho más incómoda. ¿Cuál es la causa colectiva capaz de inspirar a una nueva mayoría?

Hasta que esa pregunta encuentre respuesta, la conversación seguirá girando alrededor del mismo actor político, Morena. Y en comunicación política existe una regla elemental: quien define la conversación, normalmente gana la discusión.

En el 2027 no habrá sorpresas, solamente sorprendidos.

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@yess73

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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