Por Nelly Segura*
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Hay una frase que escuché esta semana en una manifestación y que desde entonces no me abandona:

"No sólo somos mexicanos en las cosas chidas."

La dijo una mujer que sostenía la fotografía de un familiar desaparecido mientras, a unos metros, la ciudad se preparaba para recibir al mundo con música, pantallas gigantes y banderas verdes.

No sólo somos mexicanos cuando gana la Selección.

No sólo somos mexicanos cuando un extranjero se maravilla con nuestros tacos, nuestras pirámides o nuestros pueblos originarios.

También lo somos cuando exigimos que se acabe la violencia. Cuando pedimos que los jóvenes no sean cooptados por el narcotráfico. Cuando nos negamos a aceptar que este país siga siendo un patio pequeño y sucio de Estados Unidos. Cuando buscamos a nuestros desaparecidos.

Y quizá por eso hoy escribo con el corazón dividido. Y después del corazón roto, tener el corazón dividido es la peor sensación.

Porque amo el fútbol.

Lo amo desde antes de entender las reglas. Amo los domingos en familia, los gritos de gol que atraviesan paredes, las calles vacías cuando juega México y esa sensación absurda de que once personas corriendo detrás de un balón pueden cambiarte el ánimo durante días.

También amo a este país.

No porque sea perfecto. Lo amo precisamente porque conozco sus contradicciones. Porque he recorrido sus calles, escuchado sus historias y visto de cerca tanto su belleza como sus heridas.

Por eso duele.

Duele ver cómo la Ciudad de México se transformó en cuestión de días para recibir a la FIFA con una eficiencia que rara vez muestra para resolver los problemas de quienes viven aquí.

Duele ver cientos y miles de policías desplegados para cuidar turistas mientras las madres buscadoras siguen buscando a sus hijos prácticamente solas.

Duele recordar que México acumula más de 130 mil personas desaparecidas registradas oficialmente y que ninguna estrategia gubernamental ha logrado ofrecer respuestas a la altura de la tragedia.

Duele observar cómo aparecen recursos, personal, logística y coordinación cuando el espectáculo global lo exige.

Y duele preguntarse por qué no ocurre lo mismo cuando las familias buscan justicia.

Afuera del estadio, la fiesta parece perfecta.

Los vendedores ofrecen camisetas pirata. Los aficionados cantan. Los influencers transmiten en vivo. Los turistas levantan sus teléfonos para documentar la experiencia mexicana que compartirán después en Instagram.

La escena parece diseñada para una campaña de promoción turística.

Pero basta caminar unos metros para encontrar otro país.

Un país donde una mujer se arrodilla frente a un grupo de policías sosteniendo la fotografía de su hijo desaparecido.

Un país donde un trabajador espera cuarenta minutos un camión para regresar a casa después de una jornada de diez horas.

Un país donde miles de personas pasan más tiempo trasladándose que conviviendo con sus familias, mientras que para los visitantes había autobuses especiales, rutas exclusivas y operativos impecables.

Para ellos.

Porque pagaron.

Porque generan derrama económica.

Porque ayudan a construir la narrativa del éxito.

Mientras tanto, quienes sostienen la ciudad todos los días siguen viajando hacinados en un sistema de transporte maquillado para la ocasión.

¿Cómo celebrar si la Ciudad de México trapeó y barrió para ellos, pero no para sus habitantes, a quienes les quedaron las sobras y la obligación de caminar de manera indigna entre fierros retorcidos en un metro inmundo?

La misma lógica aparece en los barrios.

Mientras las autoridades presumen modernidad y desarrollo, miles de familias enfrentan rentas cada vez más altas impulsadas por la especulación inmobiliaria y la gentrificación.

La ciudad se vuelve una mercancía.

Una experiencia.

Un escaparate.

Y sus habitantes comienzan a convertirse en un estorbo para el negocio.

La ciudad no es un botín.

Nunca debió serlo.

Por eso me cuesta trabajo celebrar sin reservas.

Porque el problema no es el fútbol.

El problema es que nos han enseñado a emocionarnos con los reflectores mientras ignoramos lo que ocurre fuera del encuadre.

Pienso en los niños que hoy llevan orgullosos una playera verde.

Pienso en sus padres intentando explicarles por qué había manifestantes afuera del estadio.

Y también pienso en los padres que les gritaron "pinches indios" a los manifestantes mientras viajaban en sus automóviles.

Pienso en la conversación incómoda que muchos tendrán que sostener.

¿Cómo decirle a un hijo que la misma camiseta que representa alegría también puede convivir con la indiferencia?

¿Cómo explicarle que amar a México no significa guardar silencio?

¿Cómo enseñarle que el patriotismo no consiste en cantar más fuerte, sino en exigir un país mejor?

Porque el verdadero amor por una nación no se demuestra cuando todo sale bien.

Se demuestra cuando uno se atreve a señalar lo que está mal.

Cuando se exige justicia.

Cuando se acompaña a las víctimas.

Cuando se defiende la dignidad de quienes nunca aparecen en las ceremonias de inauguración.

Dentro de unos días escucharemos la frase de siempre: "Es el mejor Mundial de todos los tiempos."

La escuchamos cada cuatro años.

Y quizá sea cierto para los patrocinadores, para la FIFA, para los políticos que buscan la fotografía perfecta y para quienes hicieron negocio con la fiesta.

Pero cuando el último turista se vaya, cuando las cámaras se apaguen y las vallas se retiren, México seguirá aquí.

Con sus desaparecidos.

Con sus periferias olvidadas.

Con sus jóvenes atrapados entre la precariedad y la violencia.

Con sus madres buscando huesos.

Con sus trabajadores viajando horas para sobrevivir.

Con su gente resistiendo.

Y entonces volveremos a preguntarnos si toda esta fiesta era para nosotros o simplemente ocurrió frente a nosotros.

Porque no sólo somos mexicanos en las cosas chidas.

También somos mexicanos cuando duele.

*Nelly Segura, periodista y escritora.

✍🏻
@nellysegura1

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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