Por Sofía Guadarrama
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La celebración de la Batalla del 5 de mayo en la Casa Blanca es la clave para entender la Doctrina Monroe: «América para los americanos».

Mucha gente no entiende por qué la Casa Blanca celebra la Batalla del 5 de mayo en Puebla como si se tratara de la Independencia de México. Para Washington, eso es lo que representa: independencia de Europa. Los presidentes Abraham Lincoln y Andrew Johnson vieron el Imperio de Maximiliano como una violación directa de la Doctrina Monroe («América para los americanos») y una amenaza a la seguridad de la frontera sur de los Estados Unidos.

México ganó la Batalla del 5 de mayo con apoyo de la Casa Blanca, pero nunca lo admitió ni lo hará. No le conviene a ninguno de los dos países.

Entre 1846 y 1848, la guerra contra Estados Unidos terminó en el Tratado de Guadalupe Hidalgo (2 de febrero de 1848), donde el país entregó más de la mitad de su territorio: unos 2.4 millones de km² que hoy incluyen California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona, partes de Colorado, Wyoming y Texas ya consolidada. El pago: 15 millones de dólares y la frontera fijada en el Río Bravo. ($15 millones de dólares de 1848 equivalen aproximadamente a $627 millones de dólares en 2026). Un despojo con factura. ¿A dónde fueron a parar esos 15 millones de dólares? Quizá nunca lo sabremos.

El golpe no se archivó. Se convirtió en una especie de ruido de fondo permanente: resentimiento social, recelo político, sospecha automática. La pérdida territorial se asumió como humillación, y el antiamericanismo se volvió una costumbre emocional bastante durable. El vecino del norte era necesario, sí, pero también incómodo, como esos parientes que ayudan cobrando intereses invisibles.

Con ese telón de fondo se entiende la discreción casi quirúrgica con la que el gobierno de Benito Juárez administró la ayuda estadounidense durante la Intervención Francesa. Nada de anuncios ruidosos ni agradecimientos públicos. Mejor operar en voz baja.

Desde Washington, Abraham Lincoln y después Andrew Johnson veían el experimento monárquico de Maximiliano de Habsburgo como una violación bastante directa de la Doctrina Monroe y, de paso, como un problema práctico en su frontera sur. 

Vale recordar que, en 1803, el presidente Thomas Jefferson envió a James Monroe (autor de la célebre Doctrina Monroe, «América para los americanos»), a París para comprar Nueva Orleans y partes de las Floridas. Sorprendentemente, Napoleón ofreció vender todo Luisiana por 15 millones de dólares (alrededor de 4 centavos por acre). Una ganga. La Luisiana francesa era un territorio vasto que abarcaba, los actuales estados de Montana, Wyoming, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Minnesota, Iowa (parte occidental), Wisconsin, Illinois, la mitad de Colorado, Nebraska, Kansas, Missouri, Oklahoma, Arkansas, un tramo de Nuevo México, el norte de Texas y Louisiana y gran parte de la cuenca del río Misisipi. La compra duplicó el tamaño de Estados Unidos (aproximadamente 828.000 millas cuadradas o 2,14 millones de kilómetros cuadrados).

Si sumamos la compra de la mitad del territorio mexicano y la Luisiana francesa, por 30 millones de dólares, Estados Unidos incrementó 3,514,520 kilómetros cuadrados a su territorio: Estados completos incluidos: Montana (parte este), Dakota del Norte (gran parte), Dakota del Sur (gran parte), Minnesota, Wyoming (pequeña porción suroeste), Wyoming (parte este), Nebraska, Iowa, California, Nevada, Utah, Colorado, Kansas, Missouri, Arizona, Nuevo México, Texas, Oklahoma, Arkansas y Luisiana. $30 millones de dólares del siglo XIX equivaldrían hoy (2026) aproximadamente entre $800 millones y $1,250 millones de dólares.

El apoyo a Benito Juárez no era cuestión de simpatías: era geopolítica. El historiador Michael Hogan, en Abraham Lincoln and Mexico: A History of Courage, Intrigue and Unlikely Friendships (2016), deja claro que Lincoln leía la presencia francesa como riesgo permanente. Europa metiendo pie en el continente no era una metáfora: era competencia comercial, territorial y estratégica. La solidaridad tenía cálculo.

Tras la muerte de Lincoln, el asunto se volvió más operativo bajo Ulysses S. Grant y Philip Sheridan. Sin tratados solemnes ni fotos oficiales: apoyo encubierto. Armas, voluntarios y presión militar, todo con la etiqueta de “casualidad conveniente”.

Grant y Sheridan facilitaron que decenas de miles de rifles —se habla de unos 30,000— aparecieran como “excedentes” o quedaran olvidados en la frontera del Río Bravo, listos para que las fuerzas juaristas los recogieran con oportuno hallazgo. Hubo también ventas indirectas y suministros salidos del arsenal de Baton Rouge, porque la logística también sabe ser discreta.

A ese flujo se sumaron veteranos unionistas, incluidos soldados afroamericanos, que se enrolaron como voluntarios en el bando republicano mexicano. Las cifras rondan los 3,000. Se llegó a mencionar una “Legión Americana” informal, una etiqueta útil para ordenar lo que en realidad era una mezcla de convicción, aventura y cálculo.

Mientras tanto, Sheridan movía piezas mayores: 50,000 tropas estadounidenses desplegadas en Texas como “ejército de observación”. El mensaje viajaba sin necesidad de traducción: si Francia no se retiraba, la siguiente escena podía escalar. La presión existía y se ejercía.

En ese tablero, Matías Romero jugó con notable habilidad. Joven, oaxaqueño y cercano a Juárez, entendió que la diplomacia también se cocina en lo personal. Cultivó relaciones con Lincoln, con Mary Todd Lincoln y con generales unionistas. Visitó a Lincoln en Springfield en 1861, mantuvo correspondencia constante y vendió una idea sencilla: la democracia mexicana como pieza necesaria para la estabilidad republicana del continente. Una narrativa que en Washington resultaba razonable y útil.

Entonces, ¿por qué esto casi no aparece en los libros de historia?

Porque en su momento decirlo en voz alta tenía costos políticos inmediatos. Reconocer abiertamente el apoyo estadounidense —armas “extraviadas”, voluntarios, presión diplomática y militar— podía leerse como dependencia, o peor, como antesala de otra mutilación territorial. Juárez y Romero eligieron preservar la imagen de una defensa soberana y republicana, sin exhibir demasiado la mano de la potencia que apenas unos años antes había reducido el mapa nacional.

Y conviene no romantizar el asunto. No fue ayuda desinteresada. El Tratado McLane-Ocampo deja ver con bastante claridad que Estados Unidos buscaba beneficios concretos: derechos de tránsito y ventajas comerciales en el Istmo de Tehuantepec. (Estados Unidos todavía no se adueñaba del Canal de Panamá). El respaldo tenía precio potencial. Los principios iban acompañados de intereses.

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.