Por Sofía Guadarrama Collado
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Cuenta la leyenda que apenas clareaba el día del 1º de noviembre de 1519, cuando Hernán Cortés y los suyos emprendieron el ascenso entre los volcanes Iztaccíhuatl, «mujer blanca», y Popocatépetl, «montaña que humea».

Los tamemes, sombras silenciosas, avanzaban doblados bajo cargas que parecían más propias de titanes que de mortales. Sus pies desnudos, curtidos en la aspereza, no conocían tregua. Tras ellos, las mujeres: paso firme, ánimo entero, invisibles columnas que sostenían la empresa. Eran ellas quienes encendían la lumbre en las noches heladas, quienes mantenían viva la llama de la esperanza allí donde el cansancio y el frío pretendían extinguirla. Ellas, quienes alimentaban a los tamemes, a los soldados tlaxcaltecas, totonacos, cholultecas, huexotzincas y a los españoles. En total, incluyéndolas a ellas, casi diez mil. Sin ellas, la expedición habría sido apenas un gesto vano.

Al mediodía llegaron a un sitio que, con los años y con el paso de Hernán Cortés y su gente, perdió su nombre y se le denominó Paso de Cortés. Pero antes de recibir tal denominación posconquista se le llamaba Cuauhíchcac, «en donde hay árboles con copas blancas». Hay quienes asocian la etimología a la palabra águila, pero es una deducción incorrecta.

Cuauhíchcac era un puerto de montaña, un nodo estratégico y también un mercado donde se cruzaban las riquezas del oriente y del poniente. Los comerciantes de un lado de las montañas se encontraban con los del otro lado y vendían sus mercancías sin necesidad de alargar el viaje hasta la antigua Meshíco Tenochtitlan (así se pronunciaba en náhuatl): plumas de quetzal y guacamaya, mantas de algodón, sal marina, hule para el juego ritual, pieles de jaguar y ocelote, jadeíta y turquesas, vainilla, piña y mamey; obsidiana para macuahuitles y espejos, fibras de maguey, cochinilla de rojo intenso, cerámica de Cholollan (Cholula), herramientas de cobre, maíz y frijol.

Pero Cuauhíchcac era también un espacio sagrado: allí se dejaban ofrendas de papel amate o incienso, buscando permiso y protección para cruzar el paso. Porque —se decía— por ese mismo sendero había partido —con la promesa de volver— el sacerdote-gobernante tolteca Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, «nuestro venerable noble Serpiente Emplumada nacido en el año uno-carrizo». No se trataba del dios Quetzalcóatl.

De ahí que fray Bernardino de Sahagún y luego otros cronistas del siglo XVI aprovecharan para acomodar la historia a su conveniencia y crear una especie de coincidencia con la que se construiría la narrativa de que los naturales, al enterarse de que Cortés había atravesado el mismo umbral, creyeron que se trataba del mismísimo dios Quetzalcóatl.

Así como ha cambiado la nomenclatura de las calles en todas las ciudades de nuestro país, hoy vuelve a cambiar de nombre este sitio olvidado que por muchos años se llamó Cuauhíchcac, después Paso de Cortés y ahora Paso de los Pueblos Indígenas.

¿Vale la pena desgarrarnos las vestiduras? No. Lo que sí vale la pena es conocer nuestra historia para que no nos vengan con cuentos chinos.

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@SofiGuadarramaC

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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