Por Sofía Pérez Gasque Muslera
Durante los últimos tres años, México ha construido una narrativa económica basada en una promesa: el nearshoring será el motor que finalmente impulse el desarrollo del país.
La historia es atractiva. Las empresas buscan reducir riesgos geopolíticos, acercar sus cadenas de suministro a Estados Unidos y diversificar su dependencia de Asia. En ese escenario, México aparece como el gran ganador. Su ubicación geográfica, la integración manufacturera con Norteamérica y el T-MEC parecen colocarlo en una posición privilegiada para capturar inversiones, generar empleos y acelerar el crecimiento económico. Los anuncios de nuevas plantas, parques industriales, centros de datos y proyectos estratégicos han alimentado la percepción de que el país está frente a una oportunidad histórica.
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