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Por Sophia Huett

En abril del año 2012, junto con un compañero, atendía una solicitud de investigación y recolección de información en la región de Tierra Caliente —que abarca zonas de los estados de Michoacán, Guerrero y el Estado de México—, a petición del Ministerio Público Federal.

Al circular entre los límites de Tepalcatepec y Coalcomán, Michoacán, varias camionetas con hombres encapuchados a bordo nos alcanzaron y cerraron el paso. Empuñando armas largas, nos ordenaron bajar del vehículo. Nos quedamos pasmados... Hasta que los golpes nos hicieron reaccionar.

Nos desarmaron, nos quitaron todo lo que llevábamos encima. Luego nos colocaron esposas y vendaron los ojos. Entre insultos y agresiones, nos decían que nos habíamos “metido a la cueva del lobo” y que ese error lo pagaríamos con nuestras vidas.

El miedo me invadió. Estaba adolorido y comencé a seguir sus instrucciones. Mi compañero, que había puesto más resistencia, ya había sido sometido también. La agonía comenzaba.

Nos subieron a un vehículo y viajamos más de una hora por carretera y luego por terracería. Llegamos a un lugar cerrado, con mucho eco y un olor insoportable a putrefacción. Nos aventaron sobre un catre de metal, con la advertencia de que si intentábamos huir, nos matarían.

Todo ese tiempo escuché la voz de al menos cuatro hombres, quienes se comunicaban con otros a través de un radio de banda civil. Creían que éramos parte de un grupo rival, a pesar de que insistimos en que éramos policías federales. Finalmente, lo validaron con nuestras identificaciones y pertenencias.

En un momento de calma, mi compañero les preguntó qué harían con nosotros. La respuesta fue fría y directa: estaban esperando la orden de matarnos.

Así pasamos nuestra primera noche en cautiverio. Recostados espalda con espalda, sin comida, sin agua, con el cuerpo golpeado. Vencido por el cansancio, dormí unos minutos, solo para confirmar que no se trataba de una pesadilla.

A pesar de la venda en mis ojos, percibí el amanecer por el canto de los gallos y el murmullo del viento. El calor y la sed eran insoportables. El miedo, peor. El eco del lugar, el olor fétido, el temor a la tortura y a la muerte se hacían cada vez más reales.

En algún momento, escuchamos que los delincuentes fueron alertados de que unidades de la Policía Federal habían llegado a la zona: nos estaban buscando. Se pusieron nerviosos, molestos. Tomaron la decisión de movernos a otro sitio.

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