Por Sophia Huett
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Este año me ha costado escribir sobre el Día Internacional de la Mujer. No porque falten temas.

Sino porque lo que hay que decir es incómodo.

Incómodo para muchos… pero especialmente para nosotras.

México es hoy uno de los países con mayor paridad política en el mundo. Las reglas cambiaron, las cuotas se convirtieron en derechos y cada vez vemos más mujeres ocupando espacios que durante décadas nos fueron negados.

Pero hay una sensación que muchas no logran sacudirse: la paridad abrió las puertas, pero no necesariamente cambió las dinámicas del poder.

Y eso nos tiene incómodas.

Incómodas a las que llegaron, porque empiezan a ver a otras mujeres no como aliadas, sino como posibles amenazas. E incómodas para las que mirábamos esos avances con esperanza, porque cuando tocamos la puerta descubrimos que también se puede cerrar desde dentro.

Esa es una conversación que pocas veces queremos tener.

Durante años repetimos una idea poderosa: que cuando una mujer llega abre camino para otras.

Pero la realidad a veces es otra.

A veces una mujer llega y patea la escalera.

Y entonces aparece una pregunta difícil de ignorar: ¿Cómo exigimos respeto y no violencia hacia las mujeres si entre nosotras mismas no hemos logrado construir ese respeto?

Porque la violencia no siempre es un golpe.

A veces es exclusión.

A veces es descalificación.

A veces es silencio.

A veces es cerrar la puerta detrás de quien llega.

Cada 8 de marzo ocurre, además, otro fenómeno que es síntoma de que aún no se entiende la enfermedad.

Escucho muchas voces —de ambos sexos, pero sobre todo masculinas— indignarse por monumentos rayados o puertas quemadas durante las marchas. En este país parece indignar más una puerta incendiada que una niña asesinada.

Tal vez si existiera la misma indignación por las diez mujeres que son asesinadas todos los días en México, por las que viven violencia normalizada, por las que desaparecen o son silenciadas… ya no sería necesario levantar la voz a un nivel tan estridente para que alguien mire.

Sí, estamos enojadas. Pero también estamos incómodas.

Incómodas con lo que aún no cambia. E incómodas con lo que estamos haciendo entre nosotras.

Porque hay algo que tampoco deberíamos olvidar: nadie llega sola.

Las mujeres que hoy ocupan espacios de poder están ahí porque durante décadas otras mujeres marcharon, denunciaron, resistieron, perdieron trabajos, prestigio y hasta la vida para abrir esas puertas.

Esos derechos no fueron concedidos. Fueron reclamados.

Por eso el verdadero liderazgo no se demuestra ocupando un lugar.

Se demuestra cuando, desde ese lugar, decides que nadie más tendrá que tocar la puerta que a ti te costó tanto abrir.

Porque si las mujeres llegamos al poder solo para comportarnos igual que quienes durante años nos cerraron el paso… entonces no cambiamos el sistema.

Solo cambiamos quién patea la escalera.

✍🏻
@SophiaHuett

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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