Por Valeria Casenave*
En el deporte existe un techo para las mujeres y es verde: el techo de césped. Como a la escuela, al voto y a los pantalones, las mujeres también llegamos “después” al deporte.
A la escuela llegamos después. Durante siglos, la educación fue considerada un espacio donde las mujeres no tenían nada que aportar.
Al voto llegamos después. Mientras los hombres decidían el destino de sus países, nosotras observamos, sin nombre en las urnas.
A los pantalones llegamos después, y esto no es metáfora: hasta mediados del siglo XX, en muchos países vestir un pantalón representaba un signo de desorden moral en una mujer.
Y al deporte, también llegamos después.
No por falta de voluntad.
No por falta de cuerpo.
Porque durante siglos existió un argumento -médico, cultural, social- para mantenernos fuera de la pista, la cancha, el campo y la piscina.
En los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna en Atenas en 1896, no participó ninguna mujer. Pierre de Coubertin, fundador del movimiento olímpico moderno, lo dejó claro: el deporte era "el culto viril de la excelencia muscular".
No fue hasta París 1900 que se permitió a 22 mujeres competir: el 2% del total de los atletas.
Tardamos hasta 1984 para poder correr un maratón olímpico. No porque no pudiéramos correr 42 kilómetros, ya lo habíamos hecho en 1967 cuando Kathrine Switzer en Boston permaneció en la competencia, con un número de dorsal arrancado a la fuerza por uno de los directores de carrera que intentó sacarla de la ruta.
No tardó nuestra capacidad, tardó la habilitación.
En los Juegos Olímpicos de Londres 2012 todos los países participantes incluyeron al menos a una mujer en su delegación. 2012 es hace apenas una generación.
Y fue en París 2024 la primera vez en la historia de los Juegos Olímpicos modernos en que la participación fue del 50%, mitad mujeres, mitad varones.
El techo de césped es la teoría que confirma que las canchas no han estado niveladas para nosotras, aunque el césped crece despacio y parece inofensivo.
El acceso al deporte contribuye al desarrollo físico, mental, la autoseguridad, el trabajo en equipo, la apertura al diálogo en momentos de presión, la resiliencia ante los resultados, el pensamiento estratégico o táctico para llevar a cabo un plan.
El 91% de las mujeres en puestos de liderazgo aseguran que el deporte fue crucial para su éxito profesional. Deloitte 2023.
El 80% de las mujeres en la lista Fortune 500 practicó algún deporte durante su etapa formativa. ONU Mujeres Parity Now.
Las niñas que tienen acceso al deporte tienen un 20% más de probabilidades de continuar su educación universitaria.
El deporte femenino no está creciendo: está en su mejor momento.
En 2024, los ingresos globales del deporte femenino élite superaron los 1,880 millones de dólares, más del doble que los dos años previos.
Para 2025, se proyecta que esa cifra llegará a 2,350 millones de dólares, un crecimiento del 25% en un solo año. Lo que tardó décadas en construirse, se está multiplicando en meses.
La inversión publicitaria en deporte femenino creció 139% en 2024. No fue un error tipográfico: ciento treinta y nueve por ciento. Los anuncios emitidos durante eventos deportivos femeninos resultaron 40% más efectivos que el promedio del horario estelar. Las marcas lo saben. Los inversores también.
La cobertura mediática del deporte femenino se triplicó entre 2019 y 2022, después de haber permanecido estancada durante tres décadas en 5%. Tres décadas. Hoy esa cifra avanza hacia el 20%. Porque las audiencias llegaron, se quedaron y demostraron, con los números que el mercado entiende, que el deporte femenino es negocio, cultura y narrativa al mismo tiempo.
Pero hay algo que los datos no captan del todo, y que cualquier mujer que haya corrido sola en la madrugada, que haya levantado pesas cuando no había mujeres en gimnasio, que haya participado en una carrera donde nadie esperaba verla terminar, entiende en el cuerpo: El deporte no es solo movimiento. Es territorio. Y durante siglos, este territorio estuvo desparejo. No como política explícita, no siempre como ley escrita, sino como sentido común compartido. Como lo que "se sabe sin decirse". Como un techo de césped.
El deporte además de atravesar los cuerpos de cada una de nosotras, los pone a disposición de nuestro desarrollo, dándonos la certeza que el límite siempre está un poco más lejos, que perder no es lo contrario de ganar sino parte del mismo proceso, y que la fuerza no es un privilegio de género sino una posibilidad de práctica requerida.
Nos dijeron que el esfuerzo físico era dañino, que los cuerpos se volvían masculinos, que el sudor era poco femenino. Que la competencia endurecía el carácter de maneras incompatibles con nuestra naturaleza.
Cada vez que una niña corre, que una mujer compite, que una atleta rompe un récord o simplemente termina su primera carrera de 5 kilómetros con las piernas temblando y la sonrisa intacta, está haciendo algo que va más allá del deporte: está eligiendo el territorio.
Llegamos después, sí.
Pero algo que nadie previó, ni Coubertin, ni los directores de carrera que intentaron detener a Switzer, ni las editoriales que durante treinta años mantuvieron el deporte femenino en el 5% de la cobertura, es lo que ocurre cuando alguien que llegó después descubre que no tiene intención de volver a estar afuera.
El deporte forma líderes y aquí estamos jugando el juego que apenas se está nivelando.
*Vale Casenave es empresaria de impacto, maratonista y está aprendiendo a nadar para convertirse en triatleta. Es mamá de Simona (13 gimnasta) y Otto (10 futbolista).
Nació en una familia de deportistas y desea dedicar el resto de su vida al deporte aplicando perspectiva de género en cada uno de sus pasos.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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