Por Yolanda Morales
Nadie nace preparado para sobrevivir a la ausencia de una hija. ¿Cómo se reconstruye la vida tras un feminicidio? Reyna Gómez llegó a la marcha, en Ensenada, no solo con su dolor, sino con el rostro de Carolina en su camiseta. Aunque su voz fue contenida por una estructura legal que obliga a las víctimas al silencio para “no entorpecer” el debido proceso, su presencia gritaba lo que las leyes callan. Reyna no dio entrevistas por recomendación legal, pero su exigencia de justicia es inmensa, especialmente cuando las investigaciones apuntan a su propia consuegra como la presunta responsable de arrebatarle la vida a su hija.
El feminicidio de Carolina no fue un estallido repentino; fue el desenlace de una violencia sistémica que el entorno cercano vio gestarse con impotencia. Como lo describe su amiga Juliana Cortez, las señales de alerta fueron persistentes: “Siempre fue así, obviamente fueron escalando hasta que le quitó la vida”. Esta observación es fundamental: la violencia de género no es un evento aislado, es un proceso de acumulación. Cuando el Estado ignora las agresiones “menores”, está permitiendo que el agresor ascienda por una escalera de control y saña que, en la mayoría de los casos, termina en tragedia. La muerte de Carolina evidencia que la verdadera prevención no es lamentar el final, sino intervenir con firmeza cuando se denuncia el primer peldaño de violencia.
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