Por Alba Medina

Muchas mujeres tenemos una prima con la que crecimos juntas. En mi caso, esa prima se llama Lissette. Cuando cumplí 12 años, sus papás me regalaron un par de patines y Lis, que era una excelente deportista, se comprometió a enseñarme. Durante varios domingos salimos a la calle a practicar. Un día, mientras dábamos vueltas a la manzana, un tipo en bicicleta se acercó a nosotras y me dio una nalgada. El golpe hizo que me cayera y que me llevara a mi prima conmigo. Nos quedamos un rato tiradas en medio de la calle sin entender lo que había pasado. No lloré, no dijimos nada. Nos levantamos, nos pusimos los tenis y regresamos a la casa. No le contamos a nadie lo que había pasado y, a la fecha, no lo hemos hablado entre nosotras. Metí los patines al clóset y, durante muchos años, no me atreví a usar shorts fuera de casa.

Hace poco me preguntaron si las mujeres tenemos algo que se pueda llamar “rito de iniciación”, es decir, un evento que marque nuestra entrada a la adolescencia, y recordé esta anécdota. Me di cuenta de que, más allá de la fiesta de quince años o el primer novio, para muchas mujeres la revelación de que el acoso existe representa la verdadera pérdida de la inocencia.

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