Por Adriana Sandoval
Mi madre nunca cocinó.
Lo digo y todavía siento que la frase rompe una expectativa. Porque crecimos pensando que una buena madre necesariamente sabía hacer sopa, coser botones y tener la casa impecable. Mi madre no hacía nada de eso; mi abuela tampoco. Vengo de un linaje de mujeres profesionistas: una abuela contadora pública y una mamá economista que trabajaban, resolvían y tomaban decisiones en una época en la que muchas mujeres todavía eran medidas por su capacidad de servir.
Y, aun así, nunca me sentí desatendida.
Con los años entendí algo importante: hay mujeres que no cocinan y, de todos modos, nutren profundamente la vida de los demás.
Porque nutrir nunca ha sido solamente dar de comer.
Nutrir es otra cosa.
Es preguntar si ya llegaste.Es insistir en que descanses.Es llevarte al médico.Es cortar fruta aunque tengas prisa.Es aprenderse las rutinas emocionales de toda una familia.Es sostener la vida cotidiana de otros incluso cuando nadie nota el esfuerzo.
Las mujeres que nutren suelen hacerlo en silencio.
Y quizá por eso hablamos tan poco de ellas.
En consulta lo veo constantemente. Muchas de las personas que logran tener una relación relativamente sana con la comida crecieron en entornos donde alguien enseñó cuidado. No perfección. No obsesión por “comer limpio”: cuidado.
Alguien que enseñó que alimentarse no tenía que venir acompañado de culpa. Que comer podía ser rutina y placer, no ansiedad ni castigo. Porque la manera en la que aprendemos a relacionarnos con la comida durante la infancia rara vez desaparece del todo.
Y también nutrieron nuestro entorno: la cama oliendo a suavizante de ropa, los tenis escolares lavados, la sopa caliente y lista cuando regresábamos de la escuela. Existía esa sensación de ser importantes, cuidados, esperados.
Y la forma en la que alguien fue cuidado se queda en el cuerpo.
Se queda en la manera de sentarse a la mesa.En el permiso o la culpa de descansar.En la capacidad de reconocer hambre y saciedad.En cómo una persona aprende a tratarse a sí misma.
Por eso me cuesta tanto cuando la conversación sobre maternidad se reduce a flores, desayunos y discursos perfectos.
Porque maternar también es carga mental.Es organización invisible.Es anticipar necesidades ajenas todo el tiempo.Es sostener horarios, comidas, rutinas y emociones mientras el propio cansancio queda relegado.
Y, aun así, millones de mujeres siguen haciéndolo todos los días.
No perfecto.No siempre con paciencia.No siempre felices.Pero presentes.
Tal vez ahí está la verdadera dimensión del cuidado.
No en la perfección imposible que seguimos exigiendo a las madres, sino en esa capacidad profundamente humana de sostener la vida cotidiana de otros una y otra vez.
De nutrir incluso cuando nadie lo reconoce.
Este Día de las Madres vale la pena agradecer y abrazar a todas las personas que alguna vez nos maternaron. A quienes convirtieron la atención en un suéter sobre los hombros antes de salir, en una advertencia cuando el mundo todavía parecía sencillo, en una venda improvisada sobre un tobillo torcido, en una llamada para preguntar si ya habíamos comido.
Porque, al final, el amor rara vez aparece en los grandes discursos.
Casi siempre se esconde en esos pequeños actos repetidos que sostienen la vida.
Y hay mujeres que hacen eso todos los días: sostener el mundo entero sin hacer ruido.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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