Por Farah Ayanegui*
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/223.08

“Criar a mis hijos también me obligó a mirar a la niña que fui, entender lo que necesitaba y reconocer todo lo que aprendí a callar para convertirme en adulta.”

Mis hijos crecieron frente a mí. Lo que no esperaba era encontrarme a mí misma creciendo otra vez junto a ellos.

Cuando mis hijos eran pequeños, pensé que la maternidad se trataba de enseñar. Enseñar a comer, a dormir, a ir a la escuela, a reconocer emociones, a ser buenas personas. Creí que todo estaba enfocado en ellos.

Con los años y la terapia —no se salten esa etapa en la maternidad— entendí que también se trataba de mí y de la niña que fui, de las cosas que aprendí a callar para no incomodar, de las emociones que normalicé y de las veces que confundí fortaleza con aguantar. Y no quería enseñar, de ninguna manera, que eso era correcto.

Hay momentos en la maternidad donde no estás hablando con tus hijos: estás hablando con la niña que alguna vez fuiste. Y eso puede ser incómodo, porque criar hijos también activa recuerdos olvidados. Situaciones que parecían enterradas. Frases que juraste no repetir. Formas de reaccionar que un día aparecen en tu propia voz y te obligan a preguntarte de dónde vienen.

La psicología explica que la crianza suele reactivar experiencias emocionales de nuestra propia infancia, especialmente aquellas relacionadas con cuidado, seguridad y afecto. Muchas veces, sin darnos cuenta, la maternidad nos confronta con las heridas, necesidades y aprendizajes emocionales que todavía cargamos. Y la mayoría de las veces ocurre en cosas pequeñas.

En la paciencia que intentas tener cuando estás agotada. En el miedo a equivocarte. En la culpa que aparece después de perder la calma. En las veces que prometiste que tú nunca reaccionarías así. Y, sin embargo, un día descubres que el cansancio, el miedo o la sobrecarga también pueden llevarte a lugares que creías muy lejos de ti, a ese switch que juraste jamás encender contra tus hijos.

La maternidad tiene una forma muy particular de mostrarte quién eres cuando ya no tienes energía para sostener versiones de ti misma.

También he reconocido que muchas mujeres crecimos aprendiendo a cuidar de todos antes que de nosotras mismas. Nos enseñaron a resolver, sostener, anticipar necesidades y estar disponibles. Pero pocas veces nos enseñaron a escucharnos emocionalmente.

Quizá por eso muchas personas crecimos creyendo que primero había que sobrevivir y después, si quedaba espacio, pensar en aquello que realmente nos hacía sentir vivos. Durante décadas, la estabilidad económica fue vista como prioridad frente a la vocación, el descanso o el bienestar personal.

Y muchas veces esa lógica también llegó a la maternidad. Ser una buena madre parecía significar no cansarse nunca, no romperse, no necesitar demasiado o no pedirlo. Pero la realidad es otra.

Ser mamá también implica reconocer límites, aprender a pedir ayuda y entender que nuestros hijos no necesitan mujeres perfectas, sino mujeres emocionalmente presentes.

Y sí, muchas veces fui más paciente con mis hijos de lo que alguna vez fueron conmigo. Y descubrí algo doloroso y hermoso al mismo tiempo: así era como yo también necesitaba ser tratada.

Tal vez por eso la maternidad mueve tantas cosas por dentro. Porque no solo vemos crecer a nuestros hijos. También empezamos a mirar nuestra propia historia con otros ojos.

No para vivir atrapadas en ella o culpar a quienes hicieron lo que pudieron con lo que tenían, sino para decidir qué queremos repetir y qué debe terminar con nosotras.

Mis hijos crecieron frente a mí y, muchas veces, sin darme cuenta, la niña que fui también empezó a crecer y sanar junto a ellos.

*Farah Ayanegui es Terapeuta holística certificada en radiestesia con péndulo—, una técnica que detecta y armoniza desequilibrios energéticos a través de la vibración—, y quien acompaña, con sesiones de terapia holística, a todas las personas que se acercan buscando bienestar desde el autoconocimiento, la intuición y una mirada integral del cuidado personal.

✍🏻
IG @Farah_ave X @FarahAyanegui

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.