Por Edmée Pardo
Sí. Existe esa palabra, aunque suene rara, aunque no la hayamos escuchado, o no la hubiera yo escuchado. Ya sabemos que a nuevas realidades corresponden nuevos vocablos, aunque este no es tan nuevo. El término fue acuñado hace alrededor de 50 años por la antropóloga médica estadounidense, Dana Raphael. Se construyó en paralelo al concepto y sonoridad de la palabra adolescencia.
El término adolescencia se usó en Roma por Cicerón para hablar del crecimiento del niño al joven y referirse a esa maduración de cuerpo y mente. Pero fue el psicólogo estadounidense G. Stanley Call quien lo popularizó apenas hace poco más de un siglo en su libro Adolesence (1904) en donde describió la adolescencia como una etapa marcada por cambios emocionales intensos: una fase de tormenta y estrés.
Dana Raphael, a partir de su propia experiencia como madre y de su dificultad para amamantar al primer hijo, reflexiona sobre el debilitamiento de la estructura social que apoya a las madres primerizas en culturas antiguas y casi ausente en la sociedad contemporánea. Frente a ello, promueve cuidadores no médicos para asistir a las madres antes y después del parto que llamó doulas.
De ella viene que hoy haya tantas doulas para el parto. Dana se convirtió en una gran defensora y militante de la lactancia materna: tanto que amamantó a su segundo hijo durante cinco años. Registró detalladamente los cambios físicos, sociales y emocionales que presenta una mujer al convertirse en madre y los reunió bajo un concepto: matrescencia.
La doctora Raphael se graduó de la licenciatura y doctorado en antropología por la Universidad de columbia en NY, donde la respetada antropóloga Margarete Mead apoyó su trabajo de manera definitiva. Margaret Mead es famosa por registrar el “becoming of age”, el rito de paso en la adolescencia, y bajo esa mirada entendió muy bien de lo que hablaba su colega. Una mujer al convertirse en madre adquiere otro estatus social, reconfigura su relación con todos los miembros del grupo y tiene cambios notables en su vida emocional, laboral y en todos los ámbitos de la cotidianidad que no ocurren de manera súbita ni lineal.
La matresencia no es un botón que se enciende con el nacimiento del hijo, sino más bien una onda que sube y baja, que descoloca y reordena.
La mujer que se convierte en madre no sólo cuida a otro; también aprende a habitar una versión desconocida de sí misma, un aprendizaje rara vez acompañado con la misma legitimidad cultural que otras etapas de transformación. Mientras la adolescencia ha sido estudiada, narrada y ritualizada, la matrescencia permanece en muchos casos como una experiencia solitaria, incluso silenciosa. Es como si se asumiera que el saber maternal brotara de manera espontánea, cuando en realidad se trata de una construcción complejísima.
En ese sentido, recuperar el término no es sólo un acto lingüístico, sino político y cultural. Entender la maternidad como proceso que requiere sostén, comunidad, lenguaje, señala que a la hora de criar ni las doulas ni la familia son accesorios. La matrescencia, entonces, no solo habla de las madres sino de la sociedad que las rodea ya sea como sostén o abandono.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

Comments ()