Por Ana Laura Martínez Gutiérrez*
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En México celebramos a las madres con flores, serenatas y comidas. Las reconocemos por su amor, su sacrificio y su presencia. Pero hay algo que rara vez nombramos en esa celebración: el papel silencioso, y profundamente poderoso, que tienen las madres en la vida financiera de sus hijos. No como administradoras del gasto del hogar —eso ya lo conocemos bien—, sino como transmisoras de hábitos, actitudes y creencias sobre el dinero que acompañarán a sus hijos durante toda la vida.

Los datos lo confirman con una claridad sorprendente. Según el Módulo de Inclusión Financiera de la Encuesta ESRU de Movilidad Social en México 2023 (ESRU-EMOVI 2023), llevado a cabo por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias(CEEY), hay una persistencia intergeneracional de la exclusión financiera que resulta difícil de ignorar: el 87% de las personas entrevistadas cuyos padres no tenían una cuenta para recibir su pensión tampoco la tienen. El 83% de quienes crecieron en hogares sin seguro de gastos médicos no tiene seguro. El 68% de la población que no vio a sus padres con una cuenta de ahorro tampoco la tiene hoy.

Dicho de otra forma: la exclusión financiera se transmite a la siguiente generación. Como el color de los ojos o el gusto por ciertos sabores, también heredamos la manera en que nos relacionamos con el dinero.

Lo que se aprende en casa no se olvida

¿Por qué ocurre esto? La respuesta no está en la genética, sino en algo más sutil: los modelos mentales que construimos desde la infancia. Según datos de la misma encuesta, que pregunta sobre las condiciones cuando la persona entrevistada tenía 14 años, en el 69% de los hogares mexicanos no se hablaba de dinero. Asimismo, el 62% de los padres no ahorraba; el 83% no iba con sus hijos a visitar sucursales bancarias y solo el 27% llevaba algún tipo de presupuesto familiar.

En ausencia de esas conversaciones, de esos rituales cotidianos, los hijos no solo no aprenden a manejar sus finanzas: aprenden que el dinero es un tema del que no se habla, que los bancos son ajenos y que hay que desconfiar de ellos, que el ahorro es un lujo inalcanzable. Y eso es, en sí mismo, una forma de educación financiera. Una educación por omisión.

La economía del comportamiento lleva décadas documentando que las decisiones financieras no son puramente racionales. Están profundamente moldeadas por el entorno cultural y familiar, por lo que observamos y normalizamos desde pequeños. Los hábitos que vemos en casa —o que no vemos— se convierten en el punto de partida desde el cual construimos nuestra propia relación con el dinero.

El caso de las mujeres: doble exclusión, doble urgencia

Ahora bien, ante este panorama ya de por sí complejo, hay un grupo para el que la situación se agrava de manera particular: las mujeres.

La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2024 documenta que el 27% de las mujeres mexicanas no tiene ningún producto financiero, frente al 19% de los hombres. Más allá de la estadística, los datos de la ESRU-EMOVI 2023 revelan el mecanismo detrás de esa brecha: los roles y estereotipos de género producen una transmisión diferenciada de las habilidades financieras. Es decir, no se les enseña igual a las hijas que a los hijos.

Los mensajes que muchas niñas reciben acerca del dinero —implícita o explícitamente— están cargados de limitaciones: que las finanzas son cosa de hombres, que ellas no son buenas para los números, que es mejor dejarle esas decisiones a alguien más. El resultado: ser mujer reduce la probabilidad de tener inclusión financiera en aproximadamente 4.7 puntos porcentuales en comparación con los hombres, incluso controlando por otras variables.

Cabe señalar que esta transmisión desigual no es culpa de las madres. Es el reflejo de normas culturales que ellas mismas vivieron y que reproducen sin necesariamente cuestionarlas. Las madres mexicanas educan a partir de lo que saben, lo que vivieron y los mensajes que recibieron sobre su propio lugar en la economía familiar.

Y aquí está la paradoja: las mujeres son, en la gran mayoría de los hogares mexicanos, las principales administradoras del gasto cotidiano. Ellas deciden qué se compra, cómo se estira el dinero y cómo se sortea una emergencia económica. Tienen una relación íntima y permanente con las finanzas del hogar. Y, sin embargo, son las más excluidas del sistema financiero formal, las menos bancarizadas y las que con menor frecuencia tienen acceso a crédito, ahorro o instrumentos de protección.

Incluir a las madres es incluir a las familias

Los datos también muestran el otro lado de la moneda: cuando los padres —y las madres— sí tienen productos financieros, el efecto en la vida de sus hijos es contundente. Las personas entrevistadas en la encuesta ESRU-EMOVI 2023 cuyos padres tenían una cuenta de ahorro presentan una probabilidad considerablemente mayor de moverse desde el grupo con menos recursos económicos hasta el grupo más alto de ingresos a lo largo de su vida: el 19.6%, frente a apenas el 2.5% de quienes crecieron sin ese referente.

En el caso de las pensiones, la diferencia es aún más marcada: el 28.6% logra esa movilidad cuando sus padres tenían una cuenta para recibir su pensión, contra solo el 2.4% cuando no la tenían.

Con base en lo anterior, la inclusión financiera de los padres es, en buena medida, una inversión en la movilidad social de la siguiente generación. Y si las madres son quienes tienen mayor presencia e influencia en la vida cotidiana de los hijos —como ocurre en millones de hogares mexicanos—, entonces su inclusión financiera no es solo un asunto de equidad de género. Es una palanca de desarrollo familiar y social.

Una madre que ahorra en una cuenta formal, que usa medios de pago digitales, que tiene un seguro de gastos médicos, que lleva un presupuesto y habla de metas financieras con sus hijas e hijos está sembrando algo que va mucho más allá del dinero. Está normalizando la relación con el sistema financiero, está desmitificando a los bancos, está modelando que la planeación es posible, que el futuro se puede prever, que el dinero es una herramienta y que no es un tabú.

¿Qué necesitamos hacer diferente?

El Módulo de Inclusión Financiera de la ESRU-EMOVI 2023 nos deja una lección clara: no basta con lanzar campañas genéricas de educación financiera. Los hallazgos apuntan a la necesidad de hacer intervenciones segmentadas, que reconozcan que no es lo mismo hablarle a una mujer que tiene un empleo formal en el norte del país que a una comerciante en una comunidad rural del sur, a una madre soltera o a una profesionista.

Además, los mensajes que motivan a los hombres no necesariamente resuenan con las mujeres que han recibido durante años ideas de desempoderamiento respecto a su capacidad de tomar decisiones económicas.

Cambiar hábitos requiere más que información. Es necesario entender los modelos mentales de los distintos grupos de mexicanas, diseñar productos que se ajusten a sus realidades y construir confianza en un sistema que históricamente las ha tratado como usuarias secundarias.

Este Día de las Madres quizá valga la pena ampliar lo que celebramos: no solo el amor y el sacrificio —que son inmensos—, sino también el potencial transformador que tienen las madres cuando se les dan las herramientas, el acceso y la confianza para ser protagonistas de su propia vida financiera.

Si una madre está incluida en el sistema financiero, no solo mejora su propio bienestar, sino que cambia el punto de partida de sus hijos. Y en un país donde la situación de origen sigue determinando, demasiado frecuentemente, el destino de las personas, no es un detalle menor. Eso es movilidad social. Y comienza en casa. 

*Investigadora externa del Centro de Estudios Espinosa Yglesias. 


Referencias:

Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). (2024). Encuesta ESRU de Movilidad Social en México 2023 (ESRU-EMOVI 2023): Módulo de Inclusión Financiera.

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV). (2025). Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2024. Reporte de resultados. INEGI.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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