Por Adriana Sandoval 

El primer día de clases siempre me atrapa con la guardia baja. Un día es agosto perezoso y, al siguiente, hay mochilas nuevas, olor a lápiz recién sacado de la caja y esa sensación extraña de que algo se reinicia, aunque técnicamente no sea enero. Como nutrióloga he aprendido que los grandes desenlaces en salud rara vez se deciden en el consultorio: se deciden en las rutinas silenciosas que una familia repite sin darse cuenta, año tras año. Y el regreso a clases, con toda su logística de uniformes y horarios, es, en realidad, el experimento de hábitos más honesto que vivimos cada año. Vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos construyendo de verdad en estas primeras semanas de septiembre?

1. El horario no es rigidez, es arquitectura cerebral

Un niño que en julio se dormía a las once de la noche viendo pantallas, en septiembre tiene que estar dormido a las nueve. A simple vista parece disciplina impuesta desde fuera, pero en realidad es arquitectura interna. Los ganglios basales, la región del cerebro que convierte decisiones conscientes en conductas automáticas, necesitan repetición en contextos estables para consolidar un hábito. Charles Duhigg lo describió con un esquema que se volvió casi de dominio público: señal, rutina y recompensa. El cerebro no distingue entre un hábito saludable y uno que no lo es; simplemente automatiza lo que se repite. Por eso, el horario escolar, con toda su aparente rigidez, es, en el fondo, un regalo neurológico: nos presta la señal constante que la mayoría de los hábitos necesita para echar raíz. La pregunta no es si tu hijo puede con la estructura. Es si tú estás dispuesta a sostenerla.

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