Por Pamela Cerdeira
Dedicada a todas mis amigas que comparten atajos.
Hay dos ideas que me persiguen estas últimas semanas y sobre las que me urgía escribir: nuestra insensata adoración por el esfuerzo desmedido y mi sensación de estar al borde del burnout. Por dos segundos pensé que siempre en octubre me siento así; luego me di cuenta de que seguíamos en septiembre y de que haberme comido una semana era el síntoma más claro de que el tope llegó antes. Pero mando al cansancio al asiento de atrás y sigo tecleando. Recuerdo una frase que he escuchado mucho: «Nadie me regaló nada». Mi cabeza va a las fiestas a las que no fui, a las horas extra que le dediqué a algo, y entonces asumo que ese esfuerzo y ese cansancio valen la pena, porque esas horas son muestra de que nadie me regaló nada: me costó trabajo y, por lo tanto, se valora. ¿Y si alguien te lo hubiera regalado todo, estaría mal?