Por Alejandra Latapí
Vivimos una época paradójica. Nunca había existido tanta información disponible y, sin embargo, nunca había sido tan difícil distinguir entre información, propaganda, manipulación y desinformación. La libertad de expresión y el derecho a la información enfrentan desafíos que ya no siempre llegan mediante la censura tradicional. Hoy aparecen nuevas formas de limitar el debate público: reformas legislativas restrictivas y persecutorias, presiones económicas, campañas de desprestigio, litigios intimidatorios, ataques digitales y amenazas cumplidas que conducen a territorios donde el silencio se impone porque informar llega a costar la vida.
El periodismo profesional e independiente se vuelve, en este contexto, un trabajo cada vez más vulnerable. Ejercerlo con rigor se ha vuelto más costoso, más expuesto y, en muchos casos, más solitario. Investigar toma tiempo; realizar investigaciones requiere recursos y resistir presiones políticas o económicas necesitaría instituciones sólidas que hoy están desdibujadas. Sin un periodismo que verifique, contraste y jerarquice información, el espacio público se llena de ruido. Y en ese ruido lo cierto y lo falso se confunden. La verdad no desaparece sino pierde fuerza, se diluye entre versiones interesadas, emociones intensas y narrativas diseñadas para polarizar.
SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...