Por María Alatriste
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En México, el 10 de mayo tiene algo de ceremonia solemne. Las escuelas preparan festivales, los restaurantes se llenan, las florerías sobreviven el día y los anuncios nos recuerdan que hay que agradecer, sonreír y celebrar. Se trata, en teoría, de honrar a las madres. Pero a veces también parece un montaje perfectamente ensayado para que nadie pregunte demasiado qué significa maternar en un lugar donde cuidar sigue siendo, para muchísimas mujeres, una tarea desbordada, solitaria y apenas reconocida.

La escena ya es de libreto: la madre como centro emocional de la familia, refugio, paciencia y entrega. La madre que resuelve, recuerda la cita médica, la tarea, el lunch, el regalo, la medicina, la culpa de todos y, a veces, hasta la esperanza de todos. La madre que trabaja dentro y fuera de casa, que administra el cansancio con una sonrisa decente, que se organiza como puede y que, además, debe parecer agradecida por el privilegio de amar sin medida. Porque en México la maternidad no solo se vive, también tiene que teatralizarse con magistralidad. Y aun así, el escrutinio será impecable.

Hay una versión de la madre que este país premia: la madre presente, fuerte, amorosa, disponible e inagotable. La que pone primero a los demás sin hacer demasiado ruido y convierte el sacrificio en rutina, y la rutina en prueba de amor. Esa figura no surge de la nada; se reproduce culturalmente como disco rayado en los discursos familiares, la publicidad, la cultura popular, las conversaciones cotidianas y ahora también en el mundo digital, donde la maternidad se exhibe, se aconseja, se juzga y se compara a una velocidad feroz. Lo que antes se decía en voz baja hoy se amplifica en pantallas: cómo debe verse una buena madre, cómo debe hablar, qué debe sentir y cuánto debe resistir.

El problema no es celebrar a las madres. El problema es hacerlo sin revisar el sistema que necesita de ese ideal para seguir funcionando. Porque mientras se regalan flores, pocas veces se redistribuye la carga. Mientras se agradece el amor materno, rara vez se discute seriamente quién sostiene la vida diaria, quién paga el costo físico y emocional de cuidar, quién abandona proyectos, tiempo, sueño, cuerpo y ambición para que el resto del engranaje no se detenga. El homenaje sirve, a veces, como una cortina delicada, ya que embellece la desigualdad y vuelve emotivo lo que también tendría que ser político.

Lo inquietante del 10 de mayo no es su ternura. Es su capacidad para cubrir de sentimentalismo lo que debería incomodarnos. En un país con profundas brechas sociales, con jornadas extenuantes, trabajos precarios, servicios insuficientes y una idea todavía muy arraigada de que el cuidado “naturalmente” solo le corresponde a la mujer, la maternidad suele vivirse entre la exigencia y la escasez. Escasez de tiempo, de descanso, de redes de apoyo, de dinero y de una implicación paterna real. Y, sin embargo, a muchas madres se les sigue pidiendo que hagan de esa escasez una experiencia luminosa.

Hay algo cruel en exigir plenitud donde apenas existen condiciones sostenibles. Hay algo injusto en convertir a las madres en heroínas cuando lo que necesitan no es un pedestal, sino una estructura. No más poemas vacíos sobre su entrega, sino mejores condiciones para vivir, criar, trabajar y descansar. No más alabanzas que romantizan el agotamiento, sino preguntas incómodas sobre los padres ausentes en lo cotidiano, las instituciones indiferentes y las comunidades que delegan todo en una sola figura y luego la celebran por no quebrarse.

Tal vez por eso el 10 de mayo despierta sentimientos encontrados. Para algunas mujeres será un día genuino de amor y encuentro. Para otras, uno de presión, tristeza, ambivalencia o duelo. Habrá quienes se sientan agradecidas y quienes se sientan evaluadas. Habrá madres que no se parezcan en nada a la postal: madres cansadas, arrepentidas, felices, solas, agotadas, hartas y muchas más. Todas existen, aunque la narrativa oficial prefiera a una sola.

Valdría la pena dejar de mirar a la madre únicamente como símbolo y empezar a verla como mujer. Como una persona atravesada por el amor, sí, pero también por el contexto, la desigualdad, la carga mental, el mandato y el deseo propio. Una persona cuya labor sostiene no solo a una familia, sino buena parte de la vida social. Y si eso es cierto, entonces cuidar a quienes cuidan no debería ser un gesto excepcional ni una felicitación anual, sino una responsabilidad compartida.

Celebrar a las madres, sí. Pero no para confirmar la vieja idea de que pueden con todo. Más bien para admitir, de una vez por todas, que nunca debieron poder con todo solas.

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@MariaAlatriste

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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