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Hay un tenedor eternamente suspendido en el universo, esperando un descuido: que se abra, apenas, la boca cerrada de un niño. En la punta lleva un arbolito de brócoli. Ni siquiera entero: dos ramitas verdes, acomodadas como si acomodarlas bien pudiera persuadirlo.

“Ándale, mi amor. Nada más éste. Está muy rico. Pruébalo”.

Pero no.

La boca está sellada. La madre sabe que ni el avioncito ni la voz del oso al que le encantan las verduras abrirán esa frontera. Y, sin embargo, el tenedor sigue ahí. A unos milímetros. Esperando.

De pronto, en un descuido, se abre una rendija. El tenedor se apresura. El brócoli entra.

¿Lo logró?

Por un instante parece que sí. Pero los ojos del niño se llenan de lágrimas, la boca se tuerce y el brócoli sale volando. Cae al suelo, mientras la madre, sin quitar la vista del brócoli —vencido, verde e inútil— y se rinde.

Entonces dice una de esas frases que parecen pequeñas porque se dicen casi sin voz, a la orilla de la mesa: “Por lo menos tómate el vasito de leche”.

Por lo menos.

Cuando las madres dejamos de amamantar, no queda más remedio que confiar lo más valioso que tenemos a un vaso. Ahí termina la biología y empieza la cultura. El cuerpo de la madre ya no alcanza, pero la madre no desaparece. Cambia de lugar. Se vuelve gesto. Pone sobre la mesa algo que quisiera decir  ella misma: “todavía estoy aquí”.

Por eso la leche es suavidad. Está en el cereal que se ablanda, en el café que pierde aspereza, en el trago directo del refrigerador cuando no se concilia el sueño, en la leche tibia sobre el buró, cuando el cuerpo ya no pide alimento sino tregua.

Pero la leche también es el descubrimiento de una inteligencia ancestral.

Cuando se rompió el hilo blanco entre la madre y el hijo, la humanidad no aceptó el corte. Buscó otra leche. Domesticó animales. Aprendió sus ciclos. Cuidó a sus crías. Hizo de una maternidad ajena una continuidad humana.

Lo hermoso de esa leche es que no fue necesario matar al animal para obtenerla. La leche, como la miel y los huevos, no viene del golpe final. Viene del animal vivo. La genialidad civilizatoria fue entender que no todo alimento tenía que nacer del cuchillo, de la caza, de la sangre. También podía venir de una relación de cuidado. Cuidar una vida para que esa vida sostuviera otra.

Por eso el vasito es enorme.

Entonces el niño levanta el vaso con las dos manos mientras la madre recoge del suelo el brócoli vencido. Pareciera que la tarde se cerrera sin ninguna épica. Un traguito. Luego otro. Al bajar el vaso, queda sobre la boca del niño un bigote blanco, mínimo, imperfecto.

Una bandera blanca.

“Me lo tomé todo”.

El vaso está vacío.

La cena se llenó por completo.

✍🏻
@olabuenaga

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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