Por Ana Paula Ordorica
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Cuando trabajaba en El Colegio de México y veíamos los escándalos de corrupción de los gobiernos de entonces nos generaba mucha indignación.

Cada vez que aparecía uno nuevo, recuerdo que una profesora a la que yo admiro mucho repetía con una mezcla de ironía y resignación “Qué generoso es México”.

Yo entendía aquella frase como que México era un país tan generoso, con tantos recursos y tanta capacidad para producir riqueza, que podía soportar incluso que una parte de su clase política le metiera mano al dinero público y, con todo y todo, seguir avanzando y mantenerse entre las economías más importantes del mundo.

No quiero romantizar esa corrupción en lo más mínimo. Era corrupción. Punto. Pero sí veo una diferencia con lo que tenemos ahora. Muchos de aquellos funcionarios eran servidores públicos que se servían del erario. Algunos, al mismo tiempo, parecían tener interés en construir instituciones, atraer inversión, mantener las finanzas públicas relativamente ordenadas o hacer que México funcionara mejor.

Hoy veo demasiados personajes que simplemente se sirven del erario. Sin el más mínimo límite. Como si no hubiera mañana. No se si confunden dinero público con recursos personales o qué, pero es claro que los escándalos de corrupción de Morena se acumulan mientras el discurso oficial sigue actuando como si la corrupción hubiese terminado por decreto presidencial en 2018. La superioridad moral resultó ser uno de los activos más depreciados de la llamada Cuarta Transformación.

El problema ya no es solamente cuánto se roba o quién se beneficia. Es también cómo se administra el dinero de todos.

En ocho años, los gobiernos de Morena han convertido las ocurrencias en política pública y después han utilizado el presupuesto para financiarlas. Una megafarmacia que prometía tener “todos los medicamentos del mundo”; una aerolínea administrada por el Ejército; una refinería que costó mucho más de lo anunciado; un aeropuerto regional presentado como alternativa al que se canceló en Texcoco; y, por supuesto, Pemex, que continúa recibiendo carretadas de dinero público sin que veamos una solución de fondo a sus problemas financieros.

Cada ocurrencia tiene un costo y, al sumarlas, la factura ya es bastante grande.

Ahora tenemos el nuevo paquete presupuestal. La presidenta Sheinbaum presume que no habrá una gran reforma fiscal ni nuevos impuestos. Pero eso no significa que el gobierno haya renunciado a buscar más dinero. Si se reducen o eliminan deducciones, en los hechos aumenta la carga para quienes ya pagan. Mientras tanto, permanecen los programas sociales, se sacrifica inversión y Pemex continúa succionando presupuesto.

Antes de revisar seriamente en qué se gasta, el gobierno está empeñado en encontrar de dónde sacar más. Parece que el gobierno ve a los empresarios como si fueran una bolsa sin fondo. Se les puede cobrar más, reducir deducciones, imponer nuevas obligaciones y, además, esperar que inviertan, generen empleos y produzcan el crecimiento que el propio gobierno no entiende cómo impulsar.

No funciona así.

Las empresas no imprimen dinero. Y los impuestos tampoco los pagan entes abstractos llamados “los ricos” o “las empresas”. Al final los pagan los accionistas, trabajadores y consumidores. Si se asfixia a quienes producen para financiar un Estado que no quiere revisar sus propias ineficiencias, tarde o temprano se reduce la inversión, el crecimiento y, paradójicamente, la propia capacidad de recaudar.

México necesita recursos. Hay que financiar salud, educación, seguridad, infraestructura y una red social que proteja a quienes más lo necesitan. La discusión no puede reducirse a “impuestos sí” o “impuestos no”. Pero antes de pedir más, el gobierno debe rendir más. Debe responder qué está haciendo con el dinero que ya recibe y cómo lo puede aprovechar mejor. 

Antes de pedirle otro peso al contribuyente, tendría que explicar cuánto se perdió en proyectos fallidos, cuánto cuesta sostener empresas públicas deficitarias, cuánto se desperdicia por malas decisiones y cuánto desaparece en corrupción. Y después demostrar que está dispuesto a corregirlo.

Mi profesora tenía razón. Qué generoso es México. Pero ya es momento de darnos cuenta que hasta la cartera más generosa, si todos sacan y nadie cuida lo que queda, algún día se acabará.

Antes de pedir más, el gobierno tiene que rendir más.

@AnaPOrdorica

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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