Por Bárbara Anderson
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Los países más ricos del mundo tienen algo en común además del dinero: beben tres veces más leche que México. 

Si ponemos en una gráfica cuánta leche bebe cada país y cuánto dinero genera por habitante, los puntos casi dibujan una línea recta. Las economías que más leche consumen son, casi siempre, las más ricas. Y las que menos toman, las más pobres. México aparece exactamente donde este patrón predice: poco más de un vaso al día por persona (405 ml), y un PIB per cápita de 14,030 dólares. ¿Por qué es importante este dato? Porque el PIB de cada habitante es el termómetro más usado para medir qué tan productiva es una economía por habitante, ya que divide todo lo que produce un país en un año entre su población total: a mayor número, mayor capacidad de generar riqueza por persona.

Los números por país hablan solos. Por ejemplo, Finlandia, que es el mayor consumidor de leche del mundo (con 1,178 ml diarios, es decir casi tres vasos) tiene un PIB per cápita de 53,655 dólares. Noruega (715 ml diarios) llega a 94,660 y Estados Unidos, con 696 ml, alcanza los 85,372 dólares. En el otro extremo, en Nigeria se beben 22 ml por persona al día (poco más que un sorbo) y su PIB per cápita es de 1,606 dólares.

¿Cómo nos va en la comparación regional? Argentina, con 534 ml de leche diarios (casi el doble que nuestro país), tiene un PIB per cápita de 13,741 dólares, prácticamente el mismo que México. Brasil (438 ml), llega a 10,280. México, con sus 405 ml de leche alcanza los 14,030. En pocas palabras: generamos más riqueza por habitante que Brasil y somos comparables con Argentina, pero los mexicanos bebemos considerablemente menos leche que ambos. No es un problema de dinero. Es un problema de hábitos, políticas y prioridades.

Colombia y Perú, con 7,676 y 7,412 dólares de PIB per cápita respectivamente, beben menos leche y generan menos riqueza. México está por encima de ellos en ambas variables (pero por debajo de Argentina en consumo lácteo), a pesar de tener un ingreso similar. Esta comparación nos coloca en esa franja incómoda que en economía se llama “la trampa del ingreso medio”, que refiere a los países que lograron salir de la pobreza extrema pero no consiguen dar el siguiente salto hacia el desarrollo pleno.

La trampa del ingreso medio describe a las economías que crecen, pero no lo suficiente para alcanzar a los de arriba. Somos esos países que llevamos décadas siendo "países emergentes" sin terminar de emerger. Malasia lleva 30 años en esa franja. Brasil, 40. México, dependiendo de cómo se cuente, también. Y (como en muchos otros análisis de negocios) nuestro problema no es la falta de recursos sino la productividad por habitante: lo que cada persona es capaz de generar. Y eso, la evidencia sugiere, se construye desde la infancia con nutrición, con educación y con protocolos medibles de desarrollo en los primeros mil días de vida de un niño. 

El mecanismo no es misterioso. Las deficiencias alimentarias durante la infancia y el embarazo afectan de forma medible la cognición y la productividad durante toda la vida adulta. 

En México somos el decimocuarto productor de leche del mundo, un insumo que no solo se ordeña sino que se procesa y se exporta. Y aun así, consumimos 405 ml diarios (menos de los 500 ml recomendados por la FAO).

Si bien puede ser un poco forzado comparar leche con productividad, las gráficas muestran una coincidencia que se repite, país tras país: los que más invierten en que sus niños coman bien terminan con economías más productivas por habitante.

Dime cuánta leche tomas, y te diré cuál es tu PIB per cápita.

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@ba_anderson

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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