Por Bárbara Tijerina
Los camaleones cambian de color para adaptarse al entorno; es un mecanismo para sobrevivir.
Los seres humanos también modificamos nuestro comportamiento según el contexto. Sonreímos más en algunos espacios y endurecemos el rostro en otros. No es el mismo tono de voz el que usamos con nuestros hijos que con el jefe o en un medio laboral.
Confiamos cuando sabemos qué esperar. Y cuando una líder cambia constantemente de tono, de actitud y de registro, aparece una pregunta inevitable: ¿cuál de todas es la verdadera Claudia?
El problema aparece cuando los cambios son tan frecuentes e inconsistentes que resulta difícil saber quién es la verdadera persona detrás de esas respuestas.
Esta semana vimos varias versiones de Claudia Sheinbaum.
La presidenta sonriente de los videos que invitaban a su informe. La presidenta combativa del Monumento a la Revolución. Y la presidenta conciliadora de la Mañanera del día siguiente.
El problema no es cambiar. Todos los líderes lo hacen.
Barack Obama podía mostrarse inspirador en un discurso y profundamente triste después de una tragedia. Angela Merkel podía ser firme y también reconocer errores.
La pregunta es otra: ¿cuál de las dos lidera la escena?
El contraste más evidente apareció el domingo.
La Claudia del Monumento a la Revolución no estaba celebrando ni dando un informe. Realmente le estaba hablando a los suyos, a los de Morena.
El cuerpo de Claudia comunicó resistencia, enojo, desgaste.
Dedo índice. Voz elevada. Consignas. Señalamiento. Acusaciones.
Y una presidenta visiblemente molesta.
Vimos a la Claudia combatiente.
Mientras denunciaba la injerencia extranjera y advertía que “México no es piñata de nadie”, apareció uno de los gestos más asociados con autoridad, dominancia y regaño: el dedo índice acusador.
No es un gesto que invite al diálogo. Es un gesto que señala. Que advierte. Que confronta. Que amenaza.
Vimos a la Claudia revolucionaria de otra etapa de su vida política.
Pero veinticuatro horas después apareció otra versión.
La presidenta que habla de diálogo.
La que insiste en la buena relación con Donald Trump.
La que asegura que existe comunicación permanente.
La que no cree que estas ofensivas provengan directamente de él.
Y ahí aparece la inconsistencia.
Porque si existe diálogo, ¿por qué el tono de confrontación del día anterior?
El cerebro humano busca patrones coherentes.
No espera líderes perfectos.
Espera líderes comprensibles. Congruentes en el tiempo.
Esta misma semana la presidenta afirmó que uno de los problemas de sus adversarios es la falta de autocrítica.
La observación sería interesante si ella la practicara.
Pero no lo es.
La autocrítica no se escucha. Se observa en acciones todos los días.
Se observa cuando un líder reconoce errores. Cuando corrige decisiones. Cuando modifica estrategias. Cuando cambia de rumbo porque la realidad le demuestra que estaba equivocado.
Los líderes pueden cambiar de tono.
Pueden celebrar, confrontar o negociar.
Lo que no deben es cambiar constantemente es de identidad.
La confianza se construye con autenticidad y exige coherencia.
La pregunta ya no es qué piensa Claudia. La pregunta es cuál de todas es la verdadera Claudia.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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